sábado, 6 de marzo de 2010

EL DOGMA CRISTIANO

EL DOGMA CRISTIANO: DESARROLLO Y EVOLUCIÓN

Guillermo Gómez santibáñez



INTRODUCCION

Preguntas exploratorias

¿Cuál es la primera idea que nos viene a la mente cuando oímos la palabra dogma?
¿Por qué hay dogmas en la Iglesia?
¿De qué manera los dogmas han incidido en la fe de los cristianos?

El tema que a continuación desarrollo busca responder a una pregunta fundamental de nuestra fe cristiana: ¿Qué es un dogma? ¿Cómo evoluciona?

Para muchos cristianos de larga trayectoria y con una fe madura y comprometida; estas preguntas les pueden parecer muy elementales. Para las personas que no viven la fe de la Iglesia y permanecen en la indiferencia religiosa, la anterior pregunta les resulte quizás innecesaria y la asocien a algo extemporáneo. En cambio, existe una nueva generación de cristianos que viven su fe desafiados por los signos de los tiempos y necesitan conocer el valor y contenido de un dogma de fe, y para los cuales, la respuesta a estas preguntas, resultan cruciales y constituye un elemento de vital importancia para el desarrollo de su fe. Es por esta razón que nuestro tema puede ser considerado indispensable y necesario.

OBJETIVO Y MOTIVACIÓN

El objetivo de nuestro tema es reconocer que el dogma cristiano es la formulación y explicitación de la verdad revelada y expresada como afirmación fundamental de fe de la Iglesia, y por lo tanto, su tendencia es siempre a mantener la unidad en circunstancias cruciales.

Santo Tomás de Aquino decía:

“el acto del creyente no termina en el enunciado sino en la realidad” (Summa Theológica).

Esta sentencia que nos viene del Santo: ¿Qué representa para los que vivimos nuestra fe de cada día? Podemos afirmar que Dios infinito, es el contenido y horizonte de la fe, razón por el cual el dogma se sitúa en sus propias dimensiones ante ese contenido real que aconteció y acontece aún en la sacramentalidad de la Iglesia.


Guillermo de Auxerre decía:

“El dogma no es un simple enunciado, sino la percepción de la divina verdad, en cuanto tiende incesantemente a ella” (Summa Aurea)


1. CUERPO DE ENSEÑANZA

a) Fundamentación teológica.

1. ¿Qué es un dogma?

Noción: Dogma es el enunciado de una verdad contenida en la Revelación, escrita o transmitida, que la Iglesia propone para que se crea como divinamente revelada en una formulación auténtica, ya sea por medio de un juicio solemne, ya sea al menos, por medio del magisterio ordinario y universal de la Iglesia.

La palabra dogma procede de la antigüedad pagana y tiene un sentido profano en el que se hace referencia en la filosofía a un principio doctrinal y en materia política a un decreto o edicto. Si hacemos un brevísimo recorrido por la evolución histórica del término, diremos que la palabra dogma viene de la raíz griega dok de la que deriva la palabra doxa (opinión) y dokeo (acoger una apariencia o una opinión). De aquí se van a desprender dos sentido del término:

a) Uno jurídico: en relación a un decreto, a una sentencia y decisión
b) Uno doctrinal: en relación a una máxima o regla

Este segundo sentido, es decir, el de una “opinión doctrinal”, fue adoptado tanto por los cristianos del primer siglo, como por los de la Edad Moderna hasta el siglo XVIII. Un poco antes, en el siglo XVI, cuando comienza a desarrollarse la teología sobre el Magisterio y la teología acerca del Magisterio papal, como criterio definidor y fuente de la teología, el término dogma adquiere su sentido formal:

“Verdad revelada por Dios y propuesta como tal por el Magisterio de la Iglesia y los fieles con la obligación de creer en ella”


1.1 La verdad del dogma según el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento el concepto dogma se halla en cinco ocasiones y en la mayoría de las veces conserva su sentido de la antigüedad pagana. Lucas 2,1 “Salió un edicto (dogma) de Cesar ordenando que se empadronase todo el pueblo”. Hechos 17,7 entiende por dogma un edicto imperial. En las cartas deuteropaulinas: Ef. 2,15 y Col. 2,14 dogma significa la ley del Antiguo Testamento.
Más importante sea el grupo de textos de Hechos 15,22.25.28 y 16,4 donde dogma en plural significan las decisiones de los apóstoles. Desde muy temprano, la primera comunidad cristiana se vio en la necesidad de formular su fe en virtud de sus diferentes puntos de vista. En el proceso mismo de formación de la Escritura, la comunidad apostólica comenzó a reflexionar sobre lo que Jesús dijo e hizo, y surgieron naturalmente desacuerdos que en ocasiones pusieron en riesgo la unidad de la fe. El Nuevo Testamento registra varios episodios de discrepancias, que se pudieron resolver con la buena voluntad del consenso humano y del Espíritu Santo. Por ejemplo, el libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta en el capítulo 15 de algunas discrepancias en torno al bautismo y la circuncisión; según la línea de Pedro y la de Pablo. Esto llevó a la convocatoria del primer concilio de la Iglesia en Jerusalén y en la que finalmente el problema se resolvió según la línea de Pablo y a la que por visión especial se anexó Pedro.

La comunidad apostólica, luego de haber hallado consenso, extiende por el resto de las comunidades cristianas su acuerdo:

“Es el parecer del Espíritu Santo y nuestro (Hech. 15,28). El texto griego original usa el término édoksen, y de la cuál procede la palabra dogma. Desde el punto de vista bíblico el dogma es el parecer del Espíritu Santo y nuestro (los apóstoles responsables de la comunidad) y en el cual, ese parecer decide con autoridad cuando existen opiniones divergentes, delegando en los responsables de la comunidad la guía en comunión con el Espíritu Santo.

Durante los primeros siglos de la Iglesia, la palabra dogma no se usó para indicar conclusiones doctrinales, sino que se empleaba la palabra pistis (gr.= fe) y “las formulaciones de fe” se entendían como “confesiones personales de fe” bajo el nombre de doxologías, siendo estas, parte de la liturgia del Bautismo y Eucaristía. Estas confesiones de fe se hacían sobre la base de los “Símbolos de la fe” que eran exposiciones o resúmenes de las principales verdades de la fe conocidas hoy como dogmas

1.2 Lo que afirma el Magisterio eclesial acerca de los dogmas

En un momento determinado de la historia del cristianismo, los dogmas emergen en la Iglesia de manera progresiva, bajo la exigente necesidad de articular su fe en formulaciones o afirmaciones doctrinales, e impulsada por una función defensiva o apologética de su teología. Los padres apostólicos usaron el término dogma para referirse a las prescripciones y enseñanzas de Jesús y de los apóstoles. Ya Ignacio de Antioquia y la carta de Bernabé hablan de los “dogmas del Señor” Los conceptos “doctrina”, “decisión vinculante” tomados de la antigüedad pagana y sumado “el momento teológico”, se equiparan con doctrina de Jesús, de los apóstoles y de la Iglesia. Sin embargo, el término dogma, durante todo el periodo patrístico, permanece desvanecido, usan el término, pero los padres de la Iglesia son sobrios en su empleo. Esta actitud la podemos atribuir a tres razones:

a) Por el origen profano del dogma y el carácter jurídico-político

b) Porque el dogma parece encerrar algo subjetivo, una simple opinión particular, ya sea de un filósofo o un teólogo

c) Porque el término dogma tiene una proximidad respecto del concepto de herejía: se califica como privada la opinión de un particular o de una determinada agrupación. La palabra herejía vino a significar una inclinación a una pluralidad de dogmas y esta última como un sistema de doctrinas.

La palabra "dogma" puede tomarse en un sentido amplio y significar los principales artículos de fe del cristianismo, que figuran en el símbolo y constantemente son presentados como parte integrante de la fe. Es equivalente a doctrina. O también puede tomarse en el sentido más preciso de definiciones dogmáticas que, salidas de un acto solemne y formal (de un concilio o de un Papa, por lo general), consisten en una fórmula o un breve texto, revestido de la más alta autoridad, y relativo a un punto concreto. A veces se distingue entre ambos sentidos hablando sólo de "dogma", en el primer caso, y de "dogma definido", en el segundo.

Es a partir del Siglo VII que comienza a emplearse la palabra dogma para referirse a doctrina de fe, aún cuando los teólogos medievales prefieren utilizar la expresión artículo de fe (Articula fidei).

El Concilio de Trento será el que dará los primeros indicios del uso más claro de la palabra dogma y al que le seguirán otros concilios, con su significado actuad, de carácter confesional y riguroso.
Tanto el tema de la tradición como en la clarificación del concepto de dogma, ejerció considerable influencia sobre la teología practicada entre el concilio de Trento y el Vaticano I

Le debemos a Melchor Cano (1563) el esfuerzo teológico y sistemático de convertir el vago uso lingüístico patrístico y escolástico del dogma a un sinónimo de verdad revelada proclamada de forma vinculante y autorizada por la Iglesia. Esto implica tres cosas importantes:

a) Una verdad revelada

b) La Iglesia la ha recibido de los apóstoles

c) Ha sido definida por el Concilio ecuménico y ha sido mantenida en la fe de manera unánime y constante por el pueblo de Dios (sensus fideluim)

Según el Concilio Vaticano I, en la Constitución Dei Filius dice:

“Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que está contenido en la Palabra de Dios, escrita o transmitida por Tradición, y que la Iglesia propone para creer como divinamente revelada, ya sea por un juicio solemne, ya sea a través de su Magisterio ordinario y universal”.
A la luz de esta definición del Concilio se pueden establecer dos cosas bien diferenciadas: por un lado la revelación divina y por otro la presentación de la Iglesia. Esto nos lleva a declarar que en tanto la formulación dogmática pertenezca a la revelación de Dios y que por lo tanto sea propuesta por la Iglesia, es el fundamento de su irreformabilidad. Pero junto a la irreformabilidad de la revelación es posible la perfectibilidad de las formulaciones dogmáticas.
El Vaticano I recoge los resultados de la discusión teológica. Determina (DS 3011 = Dz 1792) que el magisterio puede dictar sobre cuestiones de fe tanto en definición solemne (magisterio extraordinario) como en la actividad doctrinal normal (magisterio ordinario); y que los creyentes tiene que aceptar estas decisiones “con fe divina y católica”.

El concilio distingue claramente, por un lado, dogma como declaración auténtica del sentido de la revelación y, por otro lado, “depósito de la fe” (depositum fidei) como totalidad del contenido de la revelación.

Partiendo del uso lingüístico teológico actual se puede sistematizar como notas esenciales del dogma los siguientes puntos:

a) El dogma es, en cuanto a su contenido, una verdad de revelación

b) En cuanto a su forma, principio doctrinal

c) En cuanto a su validez objetiva, una afirmación de fe infalible

d) En cuanto a su pretensión de validez subjetiva, norma que obliga en conciencia a todo creyente de la Iglesia

e) En cuanto a su desarrollo, una fijación practicada por la Iglesia en el curso de la historia

Cristo confió a su Iglesia la fiel tarea de llevar su mensaje a todos los hombres y por tanto es inherente a su mandato el don y función de un magisterio que de plena garantía de la perdurabilidad de la enseñanza de la verdad de Cristo (infalibilidad).

El Magisterio de la Iglesia se manifiesta en la enseñanza del Papa, del Colegio de los Obispos en comunión con el Obispo de Roma, de los sínodos de Obispos, de las Conferencias episcopales (nacionales y supranacionales), y de los obispos en particular.

La fe comunitaria de la Iglesia que tiene como fundamento la revelación escrita, y la asistencia del Espíritu en la memoria de los apóstoles, constituye el Sensus fidei (sentido de la fe).

El Concilio Vaticano II sostiene en la Constitución dogmática sobre la Iglesia: Lumen Gentium 12
“La universalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse en su fe, y manifiesta esta peculiar propiedad suya con el sobrenatural sentido de la fe (sensus fidei) de todo el pueblo, cuando desde los obispos hasta los últimos fieles laicos muestra su consenso universal sobre cosas de fe y de costumbres. Así, pues, con aquel sentido de la fe, que es suscitado y sustentado por el Espíritu de verdad, el pueblo de Dios, bajo la conducción del sagrado magisterio, obedeciendo fielmente al cual acepta no ya la palabra de los hombres, sino realmente la palabra de Dios (cf. 1 Tes. 2,13), transmitida de una vez para siempre a los santos, por la fe (Jud 3),adhiere indefectiblemente, con recto juicio penetra en ella más profundamente y la aplica más plenamente en la vida”. (LG 12)

Lo anterior, que parece ser una especie de “consenso eclesial” impide caer en la insensatez o infidelidad al Espíritu, sin embargo, no siempre resulta fácil encontrar este consenso. Es por esta razón que la Iglesia y la teología fundan su seguridad interpretativa en el análisis de diversos criterios diferenciados; conocidos también como “lugares teológicos”: Liturgia, Padres, Magisterios, Teólogos y Pueblo fiel.

Todas estas instancias de la tradición eclesial conservan y explicitan a lo largo de la historia, el sentido de la Escritura revelada.

El pueblo fiel, (sensus fidei) constituidos por todos aquellos que acogen en su vida la relevancia de su fe y la ponen en práctica; transmiten testimonialmente una experiencia única marcada por el Espíritu y que pone en evidencia el mensaje salvador que le ha llegado como gratuidad.
De gran relevancia es lo que dice el Vaticano II en la Constitución Lumen Gentium (30-38) sobre el Apostolado de los laicos. Los laicos cristianos son también portadores del Espíritu de Cristo, desde cuya experiencia en la fe pueden aportar para una mejor comprensión y vivencia de la Palabra.“Conforme a la ciencia, a la competencia y el prestigio que poseen, tiene la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia”. (LG 37)El Concilio advierte a los mismos obispos:

“Saben los pastores que no han sido instituidos por Cristo para sumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles y reconocer sus servicios y carismas, de t al suerte que todos, cada uno a su modo, cooperen unánimemente en la obra común” (LG 30)

Finalmente debemos señalar que el laicado, a la luz del Concilio constituye una verdadera vocación, suscitada por el Espíritu en la Iglesia, y traducida en una comprometida inserción de su fe en el corazón de la mundanidad. La búsqueda del Reino de Dios como propia vocación está marcada por el espíritu evangélico y el compromiso cristiano en los asuntos temporales (LG 31).
La fe del laico que vive sacramentalmente por el bautismo y distinguido por su carisma, se constituye en “lugar teológico” en la Iglesia, porque ha hecho relevante su fe para su salvación. Siendo así un criterio importante en la elaboración y formulación del dogma de la Iglesia.

2. ¿Cómo nace un dogma?

2.1 El Desarrollo del dogma:

Desde los tiempos del Nuevo Testamento han existido personas particulares que han tenido en una forma especial el encargo de transmitir y velar por la integridad del mensaje: los apóstoles y sus sucesores. Se trata de una misión recibida de Cristo, que es continuación de Cristo y tiene la función de prestar un servicio a la vida de la Iglesia. La autoridad del magisterio está sometida a Cristo (no es absoluta) y está al servicio de la plenitud de vida de fe de la Iglesia. El magisterio de la Iglesia no está sobre la Biblia, sino que tiene la tarea de atestiguar la verdad de la Sagrada Escritura. Se trata de servir a la continuidad de la presencia de la salvación de Cristo en el mundo por medio de la Iglesia.

Visto que la Iglesia, en virtud de su constitución por Cristo y no por su propia virtud o sabiduría, no puede caer en el error, el problema es cómo se realiza concretamente esta característica suya. Lo que dice la doctrina de la infalibilidad es que allí donde la Iglesia en su autoridad doctrinal se presenta enseñando con una exigencia última en nombre de Cristo, la gracia y el poder de Dios impiden que esa autoridad doctrinal abandone la verdad de Cristo.

La Iglesia es un entramado articulado en el que existe una instancia autorizada, especialmente en casos de conflicto: el magisterio eclesiástico (el papa y los obispos). La existencia de una instancia que tiene la función de anunciar y discernir el mensaje cristiano de forma autorizada es y ha sido históricamente necesaria para el mantenimiento de la unidad del testimonio de fe de la Iglesia.
La infalibilidad atribuida al magisterio no se puede entender en un sentido absoluto, en ese sentido total sólo es infalible Dios. Al magisterio le corresponde una infalibilidad condicionada y limitada, una asistencia de Dios para no engañarse ni engañar de forma radical en la transmisión del mensaje de Cristo. El dato primario es la certeza de fe de la Iglesia, no se trata de que el papa y los obispos sean infalibles, sino de que la infalibilidad del magisterio es el medio a través del que se realiza la infalibilidad de la Iglesia que, a su vez, es una consecuencia de que Cristo sea la revelación definitiva de Dios a la humanidad.

Para que se dé una declaración infalible tienen que concurrir las siguientes circunstancias:

1. Que se trate de una declaración hecha en virtud de la suprema autoridad de magisterio confiada a la Iglesia, es decir una declaración hecha para toda la Iglesia y desde el compromiso total de la función de dirigir la fe de la Iglesia

2. Que tenga el propósito inequívoco de hacer una declaración doctrinal definitiva

3. Que trate, directa o indirectamente, sobre Jesucristo como revelador definitivo de Dios y salvador del mundo (eso es lo que se entiende por "materia de fe y costumbres")
Estas condiciones son necesarias para que el ejercicio de la infalibilidad no sea un privilegio de determinadas personas, sino una condición de la permanencia de la Iglesia en la fe. Existe una función gradual del magisterio eclesiástico, no todas las declaraciones del papa o de los concilios pueden ser consideradas infalibles. Existe, por ejemplo, el caso del papa Honorio I, condenado como hereje por el concilio III de Constantinopla y diversos papas posteriores. La infalibilidad del papa no significa que no pueda equivocarse nunca en cuestiones de fe. Tampoco todos los contenidos de la fe de la Iglesia han sido definidos dogmáticamente por el magisterio, los dogmas no sirven para decirlo todo, sino para mantener a la Iglesia en la verdad. Cuando no está en juego la continuidad de la verdad de la fe cristiana testimoniada por la Iglesia en el mundo no se puede hablar de infalibilidad.

2.2 Dogma y Revelación

La Revelación es el punto de partida de todos los problemas concernientes a las formulaciones dogmáticas. La Revelación no es una comunicación impersonal de un determinado número de proposiciones, sino un diálogo histórico entre Dios que se revela y el hombre que es llamado por medio de Cristo a tener acceso al Padre en el Espíritu Santo para hacerse consorte de la naturaleza divina (Dei Verbum, 2). La Revelación fue concluida y fijada en la época apostólica. En la fijación del Canon bíblico la revelación expresó su verdad salvadora completamente. La formulación dogmática, a partir del Escritura revelada, no agrega otra revelación, sino que la explicita como única revelación posibilitando al hombre una más clara comprensión de la palabra revelada. Es importante establecer la diferencia entre revelación y dogma de la tradición eclesiástica. Por un lado la revelación vincula la inspiración como una categoría propia y por otro lado el dogma vincula la asistencia del Espíritu Santo quién asiste a la Iglesia en el proceso de elaboración dogmática

2.3 Sujeto y objeto de la formulación dogmática

Santo Tomás de Aquino sostiene en la Summa Theológica (II-II,q,1,a.2 c) “Las cosas conocidas están en el sujeto que conoce, según su propio modo de conocer”. Esto significa que nuestra fe en Dios necesariamente toma la forma limitada propia de nuestro conocimiento. El sujeto humano tiene su propia forma de conocer, es discursivo, necesita reflexionar, discurrir, necesita de un tiempo para comprender la verdad, no tiene la capacidad de conocer de una vez, intuitivamente. El sujeto de la formulación dogmática es el mismo que el de la tradición, es decir, la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo y formada por seres humanos. Desde este punto de vista, el discurso elaborado por la Iglesia y expresado en la formulación dogmática está asistido infaliblemente por el mismo Espíritu que inspiró la revelación pero no por eso exento del discurrir humano, del estudio, del análisis que reúne datos revelados y los sintetiza en la formulación dogmática. Por otro lado el objeto de la formulación dogmática es Dios mismo, su realidad trascendente y como tal inefable. La Iglesia expresa su fe en Dios, que es objeto de la misma, y lo expresa en lenguaje humano, reduciéndolo a nivel de formulaciones. Sin embargo, la fe de la Iglesia no se queda en enunciados, sino que trasciende a una realidad divina inefable. Cuando la fe termina en enunciados dogmáticos como un objeto final, la formulación dogmática se transformar en idolatría. Dios es el centro de nuestra fe y el objeto que la inspira, los enunciados dogmáticos son los medios que enrumban nuestra fe a la realidad de Dios.
La verdad divina revelada en la Escritura es explicitada progresivamente en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo. Esta explicitación se va desplegando a lo largo de la tradición en formulaciones dogmáticas y en elaboraciones doctrinales no dogmáticas y que hacen posible que la Iglesia exprese su fe hasta la consumación de los tiempos.

3. Una fe y una pluralidad de dogmas.

La unidad de fe de la Iglesia de todos los tiempos y extendida a lo largo del mundo, se distingue porque sus afirmaciones dogmáticas se basan en la verdad revelada que declara el carácter absoluto de la trascendencia divina y porque esa realidad divina, formulada por el dogma, es dinámica pero inacabada, nunca se puede tener el significado último de esa verdad revelada.
La realidad de Dios fue contenida en la revelación escrita y la Iglesia la va explicitando progresivamente en las explicaciones que de la escritura hace.
La fe tiene una dimensión ecuménica y mística, por un lado el centro sobre el cual convergen todos los cristianos es Dios, objeto de la fe y las formulaciones de esa fe no pueden constituir un elemento de separación:

Santo Tomás decía:

Si se toma lo que es objeto de la fe en cuanto está fuera del propio pensamiento, es la misma tanto para nosotros como para los antiguos; y así de la unidad de la cosa, la fe recibe su unidad. En cambio, si se considera (el objeto de la fe) en cuanto está en nuestra aceptación, se purifica en diversos enunciados. Sin embargo, de esta diversidad de enunciados no se deriva una diversificación. (De Veritate, q.14,ar.12)

Las formulaciones de fe deben constituirse en un factor de unidad, porque su objeto es la realidad divina. La unidad dogmática tiene su fundamento en la unidad trascendente de Dios que nos lleva más allá de toda separación causada por nuestras limitaciones humanas. Tener bien claro esto nos ayuda a no confundir la fe con la ilusa idea que nos hace creer en un Dios a la medida de cada cuál y donde caben todas las formulaciones sobre Dios.

Hemos de saber distinguir la fe que asienta la veracidad de Dios, que ilumina el ser como perfección interior y la que se formula como un asentimiento jurídico, que sirve para ofrecer proposiciones, argumentos, silogismos. Las formulaciones dogmáticas son mediaciones necesarias para afirmar la realidad divina y explicaciones garantizadas por Dios de su misma revelación. Dios es veraz, no puede engañar. Es la fe en la veracidad de Dios y en su misma realidad la que hace la unidad de la Iglesia.



b) Aplicación y Desafíos

Aplicación. Durante el año 1998, el cantante guatemalteco Ricardo Arjona, publicó una canción que se hizo muy popular en América Latina titulada: “Jesús es Verbo y no sustantivo”. Rápidamente, la canción fue un hit que ocupó por un buen tiempo los primeros lugares del ranking discográfico Latinoamericano. La letra de la canción despertó el interés de mucha gente, adultos y muchos jóvenes, la fueron haciendo su favorita porque vieron en la interpretación de Arjona una fuerte crítica a la forma tradicionalista y laxa de vivir el cristianismo de muchos católicos. Sin embargo, no todos se percataron, que el título y el estribillo de la canción atentaba contra un dogma fundamental de la Iglesia: Jesús es Verbo y no sustantivo, es mucho más que una crítica a la pasividad o letargo de los cristianos y a la doble moral, sino que su letra, comprometía seriamente el dogma cristológico de la Iglesia, formulado por Calcedonia en el cuarto concilio ecuménico convocado por el emperador Marciano en el año 451y alentado por el tomo que el Papa León Magno envía a Flaviano dos años antes:



“…que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturaleza, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturaleza por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y convirtiendo en una sola persona y en una sola subsistencia (hipóstasis), no partido y dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo…” (Ds 300-302)

El concilio es claro en formular la dualidad de naturalezas en la unidad de la persona del Verbo (unión hipostática que se da en la persona divina). “un solo y mismo Cristo…en dos naturalezas y no “de” dos naturaleza. En Jesucristo existe una sola persona y dos naturalezas, la naturaleza humana (propia del hombre) y la naturaleza divina (propia de Dios). En esto consiste el dogma central de nuestra cristología.

Arjona en su canción, quiere poner el acento en la dimensión práctica de la fe cristiana exaltando a Jesús, el Verbo, como acción pero negando la sustancia de dicho Verbo, esto implica vaciarlo de su naturaleza divina cayendo en una especie de “cristianismo ateo” que al contrario del “monofisismo práctico” (una profunda divinización con detrimento de lo humano) ve en Cristo a un hombre ejemplar, pero nada más que eso. Hacer un pronunciamiento teológico o religioso, acerca de un tema tan sensible como es la fe de la Iglesia, no es un asunto de sentarse a escribir el poema de una canción, inspirándose en el sonido de una guitarra. La letra de la canción de Arjona encierra la idea infiltrada en muchos católicos que interpreta equivocadamente que Cristo fue Dios antes que hombre (hablan de la preexistencia del sujeto que actúa en Cristo) y que Cristo fue más Dios que hombre ya que en Cristo no hay persona humana (como la hay en todos los hombres), mientras que sí hay persona divina (cosa que no se da en ningún hombre)


Desafíos.

¿Cómo es posible que un mismo ser personal, sea esencialmente y a un mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre?
¿Cómo puede ser modelo para el hombre otro hombre que, en definitiva, es Dios?


c) Ejemplos y Testimonios

Ejemplo.

Cuando el sacerdote nos da el sacramento del Bautismo nos aplica una formula de los Credos de la primitiva liturgia bautismal llamadas Credos interrogativos y que siguen vigentes hasta hoy: ¿Crees en Dios, Padre Todopoderoso? A la que se responde. “Sí, creo”. ¿Crees en Jesucristo, su Hijo, el único Señor, que murió y resucitó? “Sí, creo”. ¿Crees en el Espíritu Santo? “Sí, creo”. El celebrante entonces dice: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta proclama testimonia que el bautizado recibe el sacramento en la fe de la Iglesia y en la que asienta que cree el misterio de la trinidad. De manera que la documentación más antigua, los testimonios litúrgicos y las Constituciones Apostólicas, muestran que el credo nació de la necesidad de proclamar la fe en el momento de recibir el bautismo. Una fe que evidentemente seguía a una instrucción catecumenal. Más tarde y con el transitar del tiempo no habría necesidad de formular estas preguntas cuando uno quería ratificarse en la fe. Aquello que antes se me preguntaba y a lo que yo respondía que sí, ahora me lo digo a mi mismo: “Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso…” De este modo nacen las formulas de los Credos llamados enunciativos. En síntesis, este sería el origen histórico de los Credos. Cuando confieso mi fe en la divinidad y humanidad de Cristo, o en el misterio de la trinidad, o cuando confieso la virginidad de María Santísima, Madre de Dios (teotokos), estoy declarando, de este modo, una fe histórica, desarrollada en el seno de la Iglesia, confirmada por la tradición y explicitada en una formulación dogmática.

Testimonios.

Un día domingo, mientras me acomodaba en mi mecedora para revisar las páginas de un periódico local, me interrumpió un señor que golpeo a mi puerta. Estaba bien vestido, con un maletín en su mano y de manera muy respetuosa me invitó a que lo escuchara unos minutos para explicarme la escritura. No se identificó, pero por una revista que tenía por título “el atalaya” y que sacó de su maletín, y acompañando su versión del Nuevo Mundo de su Biblia, me di cuenta que pertenecía a la secta norteamericana de “Los Testigos de Jehová” o “Rusellistas”.

Comenzó a hablarme de una nueva creación, señalando párrafos y citas científicas de la revista. Parecía un discurso aprendido de memoria y con una pobre argumentación bíblica y teológica. Luego de unos minutos de haberlo escuchado, lo interrumpí para llevarlo al terreno de la fe cristiana y le pregunté si creía que toda la Biblia es Palabra de Dios, y que Dios es “Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en Deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; consustancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la Deidad, y consustancial con nosotros de acuerdo a la Humanidad”. Su respuesta no se dejó esperar y dijo no estar de acuerdo; agregando que:
“La Trinidad es de origen pagano, específicamente babilónico. La palabra "trinidad" no aparece en la Biblia, y ésta establece que Dios es uno. La idea de "tres dioses" (como interpretan ellos) les parece completamente absurda.

Jesucristo fue la primera criatura creada por Jehová Dios. El es un hijo de Dios, pero no es Dios. El no es eterno ni omnipotente; tampoco es el Salvador de todos los hombres. Es la criatura más exaltada.

El Espíritu Santo es la "fuerza activa de Dios". No es una persona.
Cristo murió como un cuerpo humano, y "resucitó" como una poderosa criatura espiritual.
La discusión nos tomó un buen rato y no fue posible llegar a ningún acuerdo. Muchas de sus posturas y afirmaciones doctrinales parecían ser un neo-arrianismo (Arrio año 336, su doctrina fue condenada por la Iglesia por afirmar que entre Cristo y Dios existe una diferencia esencial: Cristo es la primera creatura del Padre, como un ser intermedio entre Dios y el mundo. Mayor que todo el resto de la creación y merecedora de un nombre divino por su progresivo perfeccionamiento ético, pero en definitiva; poiema to Patri = “hechura del Padre”).
Respecto a esta experiencia personal, quiero añadir lo siguiente: La certeza de que mi fe cristiana está vinculada a la Tradición, afianzada por la Escritura y explicitada en la enseñanza del Magisterio eclesial, me permitió comprender la distorsionada lectura y errada interpretación personal que el rusellista hacía de la Biblia y la doctrina de la Iglesia. Pude dar fe en la práctica, de lo valioso de las formulaciones de fe; afirmadas y conservadas por la Iglesia a través del tiempo. La formulación dogmática, sobre la divinidad y humanidad de Cristo (dogma cristológico), y la doctrina acerca de la trinidad (misterio de la trinidad), me confirma el carácter de enunciados de verdades reveladas que es necesario mantener siempre en el sentido determinado de una vez por todas de nuestra Iglesia Católica


4. CONCLUSION

a) Resumen del contenido

Los dogmas son formulaciones de fe que la Iglesia profesa, explicitando la única revelación escrita, dándole de esta forma una mejor compresión de la palabra revelada. La reflexión doctrinal de la Iglesia, a partir de la Escritura revelada, ha ido concluyendo en dogmas acumulativos haciendo que el dogma sea en cuanto a su contenido una verdad de revelación, en cuanto a su forma un principio doctrinal y en cuanto a su validez objetiva una afirmación de fe infalible.

Los dogmas han servido históricamente a la Iglesia para articular la fe cristiana y resguardarla de quienes pretenden distorsionarla. Cada vez que profesamos nuestra fe, formulada dogmáticamente, lo hacemos para renovar un compromiso de vida y de fe. Los dogmas no son una formulación intelectual de un sistema de verdades. No se dice: creo que existe Dios, creo que existió Jesucristo, Creo que muró, pero dudo si resucitó. No creemos en proposiciones nocionales acerca de Dios, sino que creemos en alguien real, personal, con quien nos comprometemos. Nuestros credos y dogmas no nos piden creer sólo en verdades teológicas, ni aceptar un sistema doctrinal; tampoco se nos pide hacer proclamaciones de entusiasmo religioso motivadas por ocasiones festivas. Lo que demandan los dogmas es un compromiso fundamental de vida. Cuando profesamos que creemos en Dios uno y trino, estamos diciendo que nos comprometemos a entregar nuestra propia vida a Dios y a su designio de salvación, tal cual como lo declaramos en la proposición del credo.

En los dogmas de la Iglesia está implícito una doble función: por un parte expresamos un compromiso individual, creemos personalmente lo que afirmamos asistido por el Espíritu Santo, y por otra parte, al mismo tiempo expresamos la norma de lo que cree la comunidad.

b) Cierre

Al plantearnos el tema del dogma; su origen, desarrollo y evolución, y la implicancia en nuestra vida de fe, reconocemos entonces la gran importancia histórica y pertinencia que tiene como formulación y explicitación de la verdad revelada, expresada como afirmación fundamental de fe de la Iglesia, tendente a mantener la unidad en circunstancias cruciales.


c) Oración final

Dios nuestro, grande en misericordia e infinito en bondad, gracias por el don de la fe y por la gracia de la salvación. En tu Palabra escrita nos has revelado las promesas, que de generación en generación se han recogido como pan del cielo y como guía de nuestra peregrinación. La fe, transmita desde tiempos antiguos, ha sido nuestro escudo y tu palabra nuestra espada contra la adversidad. Te agradecemos por los santos Profetas, los Apóstoles y Padres de la Iglesia, que con su sabiduría y celo han guardado la doctrina, que a través del tiempo se ha preservado como testimonio de la presencia viviente de Dios, revelada en Jesucristo y asistida por el Espíritu Santo. Ilumina a todos los cristianos reunidos en el seno de la Iglesia, para que con renovada esperanza profesen su fe en Jesucristo y guarden la doctrina como signo de fidelidad a la Iglesia. Que la Santísima Virgen María, madre de Dios, nos proteja con su santo manto. Amén.



a) Preguntas guías para la aplicación personal y comunitaria

Lea detenidamente y en silencio las siguientes preguntas y luego desarróllelas de acuerdo a su comprensión. Luego socialícela.

1. A la luz del texto del Catecismo de la Iglesia: ¿Qué es el “depósito sagrado” y cuál es su función dentro de la Iglesia?
2. ¿Dónde radica el fundamento de un dogma y cuál es el papel que desempeña su formulación?
3. ¿Cuál es el vínculo entre nuestra vida espiritual y los dogmas?
4. ¿Qué significa que el sentido de la fe (sensus fidei) es infalible, es decir, el pueblo no puede equivocarse en la fe?
5. ¿Cuál es la relación vinculante entre La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia y de qué manera contribuyen a mi fe?




GLOSARIO.

Arrianismo: El arrianismo es el conjunto de doctrinas cristianas desarrolladas por Arrio, sacerdote de Alejandría, probablemente de origen libio, quien consideraba que Jesús de Nazaret no era Dios o parte de Dios, sino una criatura. Una vez que la Iglesia hubo aceptado como dogma la proposición opuesta, el arrianismo fue condenado como una herejía. El término, más allá de designar las doctrinas de Arrio, se utiliza para denominar aquellas doctrinas que expresen negación de la esencialidad crística (como Cristo) de Jesús, reducido a la condición de profeta extraordinario.

Calcedonia: El Concilio de Calcedonia fue un concilio ecuménico que tuvo lugar entre el 8 de octubre y el 1 de noviembre del año 451 en Calcedonia, ciudad de Bitinia, en Asia Menor.
Es el cuarto de los primeros siete concilios ecuménicos de la Cristiandad, y sus definiciones dogmáticas fueron desde entonces reconocidas como infalibles por la Iglesia Católica y por la Iglesia Ortodoxa. Rechazó la doctrina del monofisismo, defendida por Eutiques, y estableció el Credo de Calcedonia, que describe la plena humanidad y la plena divinidad de Cristo, segunda persona de la Santísima Trinidad.


Doctrina: Cuerpo de dogmas promulgados por la Iglesia

Dogma: Dogma es el enunciado de una verdad contenida en la Revelación, escrita o transmitida, que la Iglesia propone para que se crea como divinamente revelada en una formulación auténtica, ya sea por medio un juicio solemne, ya sea al menos, por medio del magisterio ordinario y universal de la Iglesia.

Hipóstasis: Término de origen griego, se usa a menudo como equivalente de ser o sustancia, pero reforzando su sentido. Puede traducirse como "ser de un modo verdadero", "ser de un modo real" o también "verdadera realidad". Se usa en general para designar la sustancia individual concreta, pero no todos los autores coinciden en ello. Algunas fuentes afirman que en el cristianismo, Plotino y otros escritores cristianos de la época usaron la palabra persona para traducir este término en su significación de sustancia individual (como opuesto a naturaleza (physis) y a sustancia (usía)) para aplicarlo a las tres personas divinas en tanto que se las consideraba sustancialmente distintas. También es sinónimo de metafísica, en tanto que sustancialización de los conceptos respecto a su génesis material.

Infalibilidad: En la teología de la Iglesia Católica Romana la Infalibilidad Pontificia constituye un dogma, según el cual, el Papa está preservado de cometer un error cuando él solemnemente promulga o declara, a la Iglesia la enseñanza dogmática en temas de fe y moral; como toda verdad de fe, no se presta a discusión de ninguna índole.
Esta doctrina es una definición dogmática establecida en el Concilio Vaticano I de 1870. En la teología católica, la infalibilidad pontificia es uno de los canales de la Infalibilidad de la Iglesia. La Infalibilidad pontificia no quiere decir que el Papa esté a salvo del pecado, ni que esté libre de cometer errores. Respecto a la guía doctrinal de la iglesia, la enseñanza del Papa es infalible, asegurado siempre por la asistencia personal del Espíritu Santo.

Magisterio: El magisterio de la Iglesia (latín Magisterium Ecclesiae) es la expresión con que la Iglesia Católica se refiere a la función y autoridad de enseñar que tiene el Papa (Magisterio Pontificio) y los obispos que están en comunión con él.
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escritura (sic), ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (DV 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma. (Parte 1ª, Secc. 1ª, cap. 2, art. 2, III)
Dentro del Magisterio Eclesiástico se distinguen el Magisterio Solemne (o extraordinario) y el Magisterio Ordinario. Según la doctrina católica, el primero es infalible (no puede contener error) e incluye las enseñanzas infalibles de los papas y de los concilios y el llamado Magisterio Ordinario y Universal. Lo contenido en el Magisterio Sagrado es irrevocable, es decir, no puede contradecirse ni aún por el Papa o los concilios, quedando fijado para siempre.
El Magisterio Ordinario consiste en las enseñanzas no infalibles de los papas y los concilios, las de los obispos y las conferencias episcopales, y aunque el fiel católico debe creerlo y proclamarlo, cabe que decisiones ulteriores del Magisterio alteren o contradigan su contenido anterior. Dice el Código de Derecho Canónico: Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria. (Canon 750, libro III)

Monofisismo: El monofisismo (del griego μονος, monos, "uno", y φυσις, physis, "naturaleza") es una doctrina teológica que sostiene que en Jesús sólo está presente la naturaleza divina pero no la humana.
Mientras el dogma ortodoxo de la Iglesia Católica sostiene —según el símbolo Niceno-Constantinopolitano— que en Cristo existen dos naturalezas, la divina y la humana sin separación y sin confusión, el monofisismo mantiene por el contrario que en Cristo existen las dos naturalezas sin separación pero confundidas, de forma que la naturaleza humana se pierde, absorbida, en la divina.


Revelación: Es la autocumunicación de Dios al hombre por medio de su Palabra, mostrándonos quién es Dios para el hombre y al mismo tiempo quien es el hombre para Dios.

Sensus fidei: Otras expresiones para la misma idea: "consensus fidelium" y "sensus fidei" (el sentido de la fe).
El Sensus fidelium es una unción especial que posee la universalidad de los fieles para no fallar en su creencia. Es un sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando "desde los Obispos hasta los últimos fieles seglares" manifiesta el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres." Cuando tomamos la universalidad de los fieles en el sentido histórico vemos que si toda la Iglesia, tanto el pueblo como los pastores, han creído (aceptado como revelada) una verdad, entonces no pueden errar. Es infalible. Esto aplica a las doctrinas mas básicas que la Iglesia enseña como reveladas. El concepto del Sensus Fidelis se encuentra en los Padres de la Iglesia.
El Pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio sobre todo por la vida de fe y de caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de la alabanza, el fruto de los labios que bendicen su nombre (cf. Heb., 13, 15). La universalidad de los fieles que tiene la unción del que es Santo (cf. 1 Jn., 2, 20 y 27) no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando "desde los Obispos hasta los últimos fieles seglares"[22] manifiesta el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres. Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del sagrado magisterio, al que sigue fielmente, recibe, no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Tes., 2, 13), se adhiere indefectiblemente a la fe confiada una vez a los santos (cf. Jud., 3), penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida. -Lumen Gentium 12
El Sensus fidelium no es sinónimo al clamor de la mayoría. Si una doctrina ha cumplido esta condición de infalibilidad en el pasado, y el pueblo de otra época posterior la llega a dudar o negar, esto no hace que la doctrina deje de ser infalible. Cuando el Papa nos recuerda de estas verdades no es necesario que haga una nueva solemne definición.


BIBLIOGRAFIA

Biblia de Latinoamérica o de Jerusalén
Catecismo de la Iglesia Católica
Concilio Vaticano I. Const. Dei Filius
Concilio Vaticano II. Const. Dogmática sobre la Iglesia
http://www.enciclopediacatolica.com
http://www.escolastia.org
Bentué Antonio, La opción creyente. Editorial San Pablo, Santiago de Chile 1995

martes, 22 de septiembre de 2009

El derecho a la información

El periodismo y el compromiso con la verdad

Guillermo Gómez Santibáñez

Se trata, sin embargo, de la verdad de los hechos, de la libertad de prensa y del derecho a ser informado de forma veraz. En este punto, quiero formular una pregunta: ¿Qué es la verdad?. ¿A qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de la verdad?, y aunque esta pregunta tiene una gran profundidad metafísica, yo no pretendo sumergirme en ella, sino simplemente chapotear un poco sobre el lindero de sus aguas

END - 20:08 - 21/09/2009

“La verdad, sino es entera, se convierte en aliada de lo falso”.
Javier Sádaba

Los que tenemos la oportunidad de revisar a primera hora del día los periódicos del país, disfrutamos del privilegio de informarnos de los hechos que hacen la historia de una nación y de los avatares de la vida de una sociedad.

Una lectura criteriosa y crítica de cualquier tabloide, nos permite la posibilidad de formarnos una opinión sobre el devenir político y social de un pueblo, sin la anteojera del dogmatismo y sus verdades absolutas. Se impone el imperio de la razón y su juicio crítico cuando se trata de discernir los elementos de un periodismo serio, responsable, ético y objetivo; capaz de ofrecernos diariamente una ventana de información veraz, para recibir lo mejor de su trabajo periodístico, desechando lo peor.

Nicaragua, como cada país de nuestra América Latina, ofrece a diario los mejores escenarios para recoger las noticias, que por sus acontecimientos y la naturaleza de sus actos, la hacen mejor o más desgraciada, dependiendo del enfoque noticioso. En su cotidianidad emergen los actores sociales y políticos, cada día haciendo una historia distinta. Como guardianes implacables del hecho noticioso, surgen también, omnipresente, los periodistas, que cual profeta de antaño, ponen su reporte como una espada de dos filos, ya sea para una buena noticia o una denuncia con su peor admonición.

Se trata, sin embargo, de la verdad de los hechos, de la libertad de prensa y del derecho a ser informado de forma veraz. En este punto, quiero formular una pregunta: ¿Qué es la verdad?. ¿A qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de la verdad?, y aunque esta pregunta tiene una gran profundidad metafísica, yo no pretendo sumergirme en ella, sino simplemente chapotear un poco sobre el lindero de sus aguas. Pareciera de lo más fácil hoy día hablar de la verdad, sobre todo cuando leemos los periódicos; oímos debates radiales, vemos entrevistas televisivas, o simplemente, entablamos tertulias amistosas o familiares.

El relativismo de nuestros días y la proclama de los derechos individuales nos hacen reñirnos con toda forma de dogmatismo y absolutismo. Todo el mundo puede emitir su opinión y aportar cualquier interpretación de la realidad, pero con la condición de que no se tenga la peregrina pretensión de que eso sea considerado verdadero. Si alguien pretende tener la verdad, implicaría entonces que los demás no la tienen y luego brotaría el poder de imponerla bajo un acto antidemocrático y tiránico, violatorio de la libertad de expresión. Este comportamiento absolutista nos situaría en la galería de los fanáticos, que convencidos de su propia verdad y de que sus ideas son las verdaderas, se lanzan en el violento río del enceguecimiento y del error, creyendo que deben salvar, por las buenas o por las malas, a quienes no tienen las mismas ideas o pensamientos.

¿Qué significa realmente la verdad? Esta pregunta nos parece un tanto complicada cuando se trata de ver el fondo, la esencia de las cosas, y no tanto lo externo, lo aparente. Ver la esencia de las cosas nos exige un compromiso con la verdad, un entreveramiento con lo existente. El sofista Protágoras, quien en la carta magna del relativismo occidental proclamó al hombre mesura, (“el hombre es la medida de todas las cosas”), opuso al criterio absoluto, que discrimine entre ser o no ser, verdadero o falso, el criterio del hombre individual como el únicamente válido. En este sentido, el principio del hombre medida, según Protágoras, establece el criterio de la verdad o la falsedad. Cada hombre tiene su verdad, nadie está en lo falso. No existe un verdadero absoluto, sino lo más útil, lo más conveniente, y lo más oportuno; el hombre es medida y medidor en relación con la verdad y la falsedad. El problema de Protágoras, sin embargo, fue haber convertido la medida del hombre, en utilidad, es decir, en algo objetivo. El bien y el mal como lo útil y lo perjudicial, pero sin saber sobre qué bases y qué fundamentos. La antilogía protagórica fue el mejor recurso donde se echaron a correr los argumentos y contraargumentos, en un franco duelo de razones contra razones. La salida al pragmatismo de lo útil de la tesis relativista la dará el maestro Sócrates, quien habrá de excavar con mayor profundidad en la esencia del hombre.

La verdad que hemos heredado en nuestra cultura occidental nos viene de la perspectiva helénica; y su ámbito es el juicio cognoscitivo, es decir, cuando una idea o conocimiento producido en la inteligencia, por medio de la palabra, informa sobre un determinado aspecto de la realidad, y esa realidad externa coincide con la idea interna que la refleja, ese conocimiento es verdadero. Si no fuera así, entonces ese conocimiento es falso. Aristóteles define la verdad como “la adecuación del intelecto con la cosa”. Santo Tomás de Aquino recoge esta misma definición. A partir de aquí, el conocimiento de la verdad estará ligado a la correspondencia con la realidad objetiva; la verdad es la correcta idea, que es posible gracias a la correcta información. Sólo es posible lo verdadero cuando los datos son empíricamente verificables, de lo contrario, se está frente a una falsificación.

Un segundo elemento de abordaje en esta reflexión nos viene del derecho a la libertad de expresión o libertad de información, que demandan en nuestra sociedad, tanto los trabajadores de los medios de comunicación social, como el pueblo, que exige también el derecho a ser informado de forma veraz. Pero, ¿qué es la libertad de expresión o de información?, si bien es cierto que es un derecho individual garantizado por la Constitución Política de la República de Nicaragua (Arto. 30 Cn) y en correspondencia con el Arto. 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es conveniente entender primero, que en lo relativo a la libertad de información o libertad de prensa, es menester decir que no es la libertad del periodista para decir lo que él quiera, sino más bien el derecho del lector del periódico de informarse. Sobres este principio fundamental quiero remitirme a un texto del pensador francés Jean-Paul Sartre, quien diera una rueda de prensa en enero del año 1973 con motivo del nuevo diario francés Liberación: “…Es la gente que trabaja en una fábrica, en una obra, en una oficina quien tiene el derecho de saber lo que pasa y sacar las conclusiones. Claro, es necesario que el periodista tenga la posibilidad de expresar sus pensamientos, pero eso significa solamente que debe procurar que se informe constantemente al pueblo. ¿Cuál es el medio de informar al pueblo? Es el pueblo mismo. [...] Se nos habló de objetividad. Pues bien la objetividad es una situación verdadera tal como la expresa el pensamiento popular. Es la gente que piensa sobre una situación que es suya. Y esto es lo que debemos recoger. Como ya se dijo, el periodista no debe hacer la historia, no debe interpretarla. Debe recoger el acontecimiento y divulgarlo a través del periódico a este pueblo que es el más interesado en conocer el acontecimiento en cuestión y todo lo que no se le informa. En esencia es necesario que el pueblo discuta con el pueblo.”

miércoles, 17 de diciembre de 2008

América y su diversidad


AMERICA LATINA Y LA INTERCULTURALIDAD

Guillermo Gómez Santibáñez


El gran marinero genovés Cristóbal Colón, luego de sus varios intentos por lograr gloria para la corona española; y después de su encuentro accidental con los indígenas que habitaban el Tihuantinsuyu, regresó a España para contar su hazaña mostrando el oro a la reina como signo de conquista y poder. La desgracia del naufragio de La Santa María, en las costas de la Española; hoy Santo Domingo, significó para Colón una pérdida irreparable y además un desenlace fatal en su propia vida y sueños. El visionario de nuevos mundos, fue sustituido en su expedición bajo una conspiración anti-colombina por la capitulación de Vicente Yánez, quién lo hizo regresar a España encadenado. Este triste episodio en la vida del Almirante Cristóbal Colón nunca fue superado y el amargo sentimiento de no haber cumplir su promesa a la corona española; lo acompañó hasta la locura y finalmente a su muerte. Colón fue hijo de su tiempo, un mediterráneo que en su largo contacto con los lusitanos y españoles le dio su espíritu de Cruzada y su carácter de caballero cristiano medieval. Sus viajes eran la continuidad de las luchas en la cristiandad medieval contra el Islam, incluyendo la conversión de los infieles y un buen botín. En su diario de abordo Colón menciona la Europa cristiana, el Medio Oriente en el África islámica, y el lejano oriente con el Khan; América está fuera de la historia, no es mencionada. El Almirante Colón murió con la insistencia de haber llegado al Asia, y como signo de una muerte martirial pidió ser sepultado con sus cadenas. Nunca tuvo plena conciencia de haber descubierto América.

La presencia de Colón en tierras que posteriormente serán bautizadas como América, va a implicar la apertura de una nueva ruta por el Atlántico, esto representará una enorme importancia geopolítica. Las grandes culturas, antes miraban hacia el Pacífico; los aztecas y los incas se situaban junto al Pacífico, ahora el Atlántico norte se convierte en el centro de la historia, recibe nuevo influjo; dejando atrás al pacífico como en la “prehistoria”.

El escritor cubano Alejo Carpentier, en su novela: El siglo de las luces ilustra muy bien el impacto cultural de Europa sobre las tierras de conquista cuando empieza su relato sobre un barco que trae las ideas de la Ilustración, las ideas de la razón humana. El barco que trae las luces de la modernidad, tiene en la proa una máquina que llama la atención. Es la guillotina. La ilustración trajo la luz de la razón, pero junto con la modernidad vino la muerte de muchos.

Cuando Pizarro desembarcó en el Ecuador en 1532 para iniciar su proceso de conquista, vivían en el Imperio Inca alrededor de siete millones de personas. Unos treinta años más tarde la población había sido literalmente “sacrificada” llegando tan sólo a unos setecientos habitantes. John Murra sostiene una tesis interesante sobre este genocidio y que subyace a las causas tradicionales de muerte por conquista, epidemias y trabajo forzado. La apropiación del hábitat organizada por los pueblos aborígenes se sostenía en la multiplicidad y variedad de los pisos ecológicos lo que permitía que las comunidades tuvieran acceso a recursos complementarios de subsistencia. La irrupción del conquistador peninsular transformó el sistema social y económico de los indígenas apropiándose de las tierras y dividiéndolas en grandes propiedades: agrarias, comunales, ejidales, tierras de capellanías y realengas etc. La población nativa fue confinada a reductos que les impidió acceder a la diversidad indispensable para la sobrevivencia. Al destruir la economía básica del ecosistema con el propósito de maximizar la explotación de placeres auríferos, los españoles sentaron las bases estructurales para el progresivo empobrecimiento de la culturización y muerte de la población nativa.

En Historia de las Indias, el Padre Las Casas nos relata un episodio dramático cuando el jefe indígena Hatuey, luego de huir de los españoles y previendo su derrota en Cuba, pregunta a sus guerreros ¿Por qué creen que los españoles los mata, los tortura y los esclaviza? La respuesta de todos fue “porque son malvados”. No, corrige Hatuey: “Lo hacen porque adoran a un dios que reclama su absoluta obediencia. Voy a mostrarles quién es ese dios”, entonces descubre una pequeña cesta que contiene algunos utensilios de oro. “Ni sueñen en ocultarles ese oro, porque aunque se lo traguen, se los arrancarán de sus intestinos”.

Mientras los expedicionarios españoles iniciaban en el continente el proceso civilizatorio occidental, alrededor de este hecho se entretejían diversos eventos cruciales en Europa. Se sellan las fronteras con el mundo musulmán-Europa, derrotada en Constantinopla se atrinchera desde Viena en el este y rechaza a los moros de España a África; los portugueses doblan el cabo Buena Esperanza y abren las rutas al tráfico de esclavos, los judíos son expulsados de España y se establecen en los Países Bajos. Este panorama nos revela el “nuevo orden mundial” que configura Europa en el siglo XVI. Las Casas y Sepúlveda se dejan sentir en sus debates sobre los derechos de conquista; la conciliación de las leyes de India y los límites que estas imponen a la dominación y explotación dejando en evidencia su contradicción. Los colonos españoles saben bien lo que les corresponde hacer con respecto a las nuevas leyes; “se aceptan”, “pero no se cumplen”.

El pecado capital inconfeso de la civilización Occidental, ha sido su absolutismo y su incapacidad para distinguir las diferencias del otro. La presencia avasalladora del conquistador español en el llamado “nuevo mundo”, vino a significar, en todo el proceso del coloniaje cultural y extendido hasta nuestros días, que América sea negada y asesinada en nombre de la razón. La razón instrumental impuesta por Europa, como un logos de luz y civilización, vino a exorcizar el mito en la cultura ancestral de nuestros pueblos originarios, considerándolo “historia falsa”, o “fábula”, desconociendo que éste, en su función cosmogónica y antropogónica instauradora, constituía la síntesis de su experiencia y sabiduría, a la vez que el fundamento primordial de la historia.

Los griegos en la Paideia y los latinos en el Cultus Anima concebían la cultura como armonizarse o cultivar una naturaleza dada de ante mano. En cambio la modernidad consideró que la cultura nos independiza de la naturaleza animal para configurar lo humano. De lo que se trataba era de superar el “animalitas” para ascender al “humanitas”. La cultura moderna; que estaba presente de algún modo en la cosmovisión de los conquistadores españoles, era el cultivo de la espiritualidad humana. Cultura vino a ser sinónimo de humanización. La tradición ilustrada representada en Voltaire y Kant, insistía en la noción de universalidad de la cultura, en donde razón y naturaleza era igual para todos los hombres, por lo tanto, concebía los procesos históricos como continuidad. La síntesis de esto daba como resultado la valoración de que cultura es una, única y universal. Que las artes, las ciencias y los libros son la forma más alta de cultura y que la cultura ilustrada europea conforma un tipo de cultura avanzada, civilizada o superior. Finalmente que el progreso cultural se mide con los parámetros de la civilización europea. Como contrapunto a la tradición ilustrada surge la tradición romántica que inspirada en Rousseau y Herder critican la noción de continuidad histórica y discuten el universalismo de la cultura, proponiendo que cada cultura es autónoma y específica y no puede ser juzgada con los parámetros con los que se juzgan otras culturas.

El imaginario social de la modernidad se constituyó bajo un horizonte de sentido que retomó y redimensionó viejos ideales y a la vez instauró nuevos, y que bajo una red diversa de significaciones conformó un modo de ver la realidad, es decir, los hechos, las acciones, el hombre, lo real, lo irreal, el sentido, el sin sentido, el bien y el mal, etc. El proyecto moderno se sustenta en dos tendencias distintivas: el ideal de control y el dominio sobre la realidad y el desarrollo autónomo del individuo.

El deseo de un conocimiento más a fondo y más científico de la realidad no es una mera curiosidad intelectual. Nace, en primer lugar, de una legítima inquietud social, y del compromiso por transformar la realidad social como consecuencia, pero no sin antes contar con un diagnóstico claro; que nos indique caminos posibles de soluciones verdaderas. En segundo lugar, analizar la realidad no es un asunto de señalar injusticias o acumular información o datos estadísticos acerca de un determinado estado de cosas. Es tener una visión global y precisa del contexto socio-económico que nos rodea, de tal modo que podamos aplicar esta ciencia analítica, en perspectiva histórica, para saber como se dan los fenómenos sociales en su causa-efecto. En otras palabras, es tener una consciencia históricas y crítica, alejada de toda ingenuidad o fatalismo. Un método científico serio, hace posible un conocimiento objetivo de la realidad analizada. Sin embargo, este conocimiento funciona de manera dialéctica, es decir, participa el sujeto que conoce, influenciado por su propia ideología y preconcepción del mundo; y el deseo de objetividad, el querer conocer las cosas como son.

En el ámbito latinoamericano son muchos los estudios y las teorías que han surgido; desde una crítica profunda acerca de su identidad cultural, y que van desde la conquista hasta nuestros días. Se dejan ver en estos, sobretodo, agudos análisis críticos al racismo europeizante y al etnocentrismo de la modernidad, rescatando lo específico del pensamiento latinoamericano y su identidad cultural; contra posiciones esencialistas y posmodernistas muy de moda.

El Dr. Jaime Montes, profesor de Filosofía de la Universidad de La Serena de Chile, dice en un texto que escribe acerca de El problema de América y la voz del otro: “hoy se insiste cada vez más, por parte de investigadores, acerca de la imperiosa necesidad de una “inversión de la mirada”, es decir, de cambiar la perspectiva para poder entender los fenómenos culturales latinoamericanos”. Se inscriben en esto, sicólogos, sociólogos, antropólogos, biólogos, economistas, teólogos. Montes cita en el mismo texto a un destacado psicólogo chileno Jorge Gissi, quien expresa sobre el particular lo siguiente: “La construcción de una psicología latinoamericana implica pues, reconocer la pobreza y las diferentes clases sociales, pero implica también reconocer que la América Latina no es una Europa o Norteamérica más pobre, sino un continente diverso, y que además debe buscarse como alternativa al capitalismo decadente y a cualquier neocolonialismo”. Más adelante sigue la cita de Gissi: “lo que se impone es cambiar la figura y fondo: quizás la figura deba ser nuestro continente y el fondo cada nación como mera provincia de la patria grande. Sin duda la figura es nuestro continente y un fondo crecientemente deteriorado ese el primer mundo ahora considerado centro. Tenemos la tarea de disminuir parte de nuestra dependencia de los países centrales. El centro somos nosotros mismos. La periferia Estados Unidos y Europa. Cambiemos también intrapaís figura y fondo. La figura serán las clases medias y populares, y el fondo las clases dominantes, verdaderos marginales de América Latina”.

El desafío que se nos presenta es enorme, pues estamos frente a un determinado paradigma epistemológico, heredado por lo que Colombre denomina “modelo de barbarie de Occidente” como el griego, el romano y el europeo, cuya racionalidad instrumental se gestó en la ilustración; focalizado en un modo de pensar y en un modo de ser propio. Nuestro imperativo es saber pensar y actuar desde nuestra compleja experiencia histórico-cultural para poder desocultar América y hallar su modo más auténtico de ser y la riqueza que ella puede aportar a la cultura occidental. Debemos asumir el resto de hablar de América como una civilización emergente no sólo desde sus utopías sino también desde sus distopías. Como señala Colombre, “no asumir nuestra diferencia en términos de un proyecto, y como civilización es aceptar la servidumbre espiritual, renunciar al futuro” Se trata entonces no sólo de una “inversión de la mirada”, sino de un giro en nuestro estilo de pensar, y como consecuencia, en nuestro estilo de vivir. ¿Hasta dónde es posible este giro?, y ¿hasta dónde seremos capaces de conciliar dos racionalidades distintas que habitan América, es decir, la razón causal heredadas desde Europa y el logos seminal y resistente, propio de nuestros pueblos originarios? Este nuestro mayor desafío y el camino que hay que andar.

El debate filosófico y antropológico occidental de comienzos del siglo XX vino a consolidar un concepto extenso de cultura y que incorporó las artes y las ciencias pero sin limitarse a ellas. Grandes pensadores y teóricos contemporáneos como Scheller, Weber, Freud, Malinoski, Levi-Strauss, Cassirer y Steiner, entre otros, harán una contribución extraordinaria en la sistematización de los estudios del complejo problema cultural que preocuparon y siguen preocupando hoy a los investigadores, y teóricos de la cultura, como a las instituciones culturales, en los análisis, hipótesis de trabajo para una mejor comprensión de la identidad cultural y la formulación de políticas culturales adecuadas.

Toda cultura es básicamente pluricultural, es decir, se constituye por el contacto de distintas comunidades de vida que aportan sus modos de pensar, sentir y actuar. Es sobre la base de estas experiencias culturales compartidas y asumidas que se produce el mestizaje. Las culturas no evolucionan de otro modo que no sea mediante el contacto y encuentro con otras culturas. Nace así la noción de interculturalidad, la que supone una relación respetuosa entre culturas. La pluriculturalidad caracteriza una situación, en cambio la interculturalidad describe una relación entre culturas. No hay interculturalidad sino hay una cultura común, compartida. La interculturalidad no es simplemente cultural, sino también política porque presupone una cultura compartida y diversa dentro de la idea posmoderna de estados plurinacionales, donde se crean formas de convivencia intercultural de manera específica. América Latina no sólo es contrastante en su geografía y climas, sino también diversa en sus culturas.

guidase@yahoo.com

viernes, 3 de octubre de 2008

Pobreza y religión


RELIGIOSIDAD Y POBREZA EN NICARAGUA

Guillermo Gómez Santibáñez

Director del CIELAC-UPOLI


La pobreza de Nicaragua ¿tiene alguna relación con su intensa devoción religiosa? Dentro de la escala de países con menos desarrollo, la CEPAL sitúa a Nicaragua en el lugar 180. Su nivel de pobreza es comparable con los países de Africa. En otro aspecto; los datos que arroja el Instituto Nacional de Información de Desarrollo (INIDE) sobre el censo de 1995, indica que la población católica de Nicaragua pasó del 72,9 por ciento de la población total en 1995, a 58 por ciento en 2005, y los evangélicos experimentaron un crecimiento sustantivo al pasar del 15,1 por ciento de la población total en 1995, al 22 por ciento en 2005. Estos datos, aunque señalan cifras porcentuales significativas en la diferencia de credos, no constituyen grandes cambios en términos de un crecimiento exponencial del cristianismo en Nicaragua, pues tanto el catolicismo como el protestantismo, con su diversidad denominacional, proceden del tronco común de la gran tradición cristiana. En su mayoría, los evangélicos provienen de un catolicismo nominal y cultural y no de una militancia voluntaria y conciente, de igual modo, un buen número de evangélicos nominales, retornan al seno de la Iglesia Católica sin que de este transito de ida y vuelta se tengan estudios serios sobre por qué retorna y sus reales causas. Si en nuestro país la población que profesa la religión cristiana; tanto en su vertiente católica como evangélica, constituye el 80 por ciento ¿Qué relación existe entre religión y pobreza? ¿Es la pobreza de Nicaragua una consecuencia directa de su intensa religiosidad? ¿Es sostenible los que dicen que Nicaragua vive de religión y de poesía y por eso vivimos en la miseria material? La teología del “nuevo orden mundial” o de la prosperidad, que muchos vociferan en púlpitos, radio y televisión y la recetan en la literatura cristiana “light” ¿legitima las bondades del mercado para salir de la postración económica o exalta al fetiche del mercado para sumirnos más en ella ofreciendo el sacrifico de la vida al ídolo con pie de barro?

Nicaragua, como muchos países de América Latina, atraviesa por una nueva geografía de lo sagrado y una mutación religiosa que nos exige nuevos análisis, otras respuestas y sobre todo una mirada de los fenómenos religiosos con mayor tolerancia. La religión no desaparece de un pueblo, sino que se transforma. Es parte de la cultura y se expresa en su universo simbólico con nuevos sentidos y significados. A pesar del impacto de los procesos modernizadores, nuestra sociedad nicaragüense conserva una devoción religiosa extraordinariamente arraigada. Somos parte de un continente considerado una región eminentemente católica y donde según los cálculos estimativos para el siglo XXI, en América Latina y el Caribe residirá la mayor población católica del mundo. Esto tiene su base en un hecho histórico y sociológico, la Iglesia Católica, una institución eclesial hegemónica y de larga data en el ámbito religioso, se impuso como religión oficial, primero en la conquista y luego en la colonia interviniendo en el proceso civilizatorio y vinculándose estrechamente con los sistemas sociopolíticos e ideológicos en la mayoría de los países. El advenimiento de la modernidad, con su racionalidad instrumental y los procesos secularizadores, han traído una sensación de desacralización de la vida, pero no han extinguido la fe religiosa, más bien se constata una re-vinculación religiosa y el surgimiento de nuevas formas y contenidos religiosos, marcando un nuevo trazado a partir de la flexibilización y disolución de fronteras confesionales, modificando de este modo el mapa religioso en nuestro continente. Los estudios en el campo de la sociología religiosa, teología de las religiones y la fenomenología de la religión nos arrojan nuevos datos sobre los fenómenos religiosos de nuestros países, constatando el surgimiento de una nueva configuración, una nueva geografía de lo sagrado. En esta nueva configuración los viejos reductos religiosos tradicionales no se escapan ni son inmunes a los invasores de antiguas ideas y creencias, que presentan sus credenciales como nuevos movimientos religiosos, y esto por el hecho de haber sido arrancados del lugar donde nacieron y se desarrollaron. Distantes de su cuna de origen las nuevas ideas religiosas y creencias se caracterizan por una gran movilidad y desplazamiento, tal es así que hoy un nicaragüense podría convertirse al Islam, al Budismo o Hinduismo vía Internet.

Esta migración de ideas y creencias, alejadas de su contexto sociocultural para interactuar con religiones tradicionales e institucionalizadas, posibilitan la mutación religiosa profundizando de este modo cambios y creando una especie de corredor religioso de transversalidad, esto significa que una idea religiosa puede hacerse presente en varias iglesias o movimientos, atravesándolas, lo que implica que estamos frente a un fenómeno que busca ideas en otras fuentes para hacerlas propia. Al margen de las diferencias dogmáticas, este fenómeno es muy característico del pos-modernidad. El aspecto fragmentario y disolvente de la pos-modernidad, no sólo afecta la cultura, la economía y la política en la sociedad, sino también el componente religioso. Los conceptos de transconfesionalidad, ecumenismo o diálogo interreligioso no sirven como sinónimo para explicar los efectos mutativos de la religión en la sociedad globalizada. Sin pretensión de crear un neologismo para describir el fenómeno del cambio religioso que se visualiza en nuestros tiempos, la noción de transversalidad nos puede servir provisoriamente para poder captar la fragilidad creciente de las fronteras religiosas donde circulan libremente, como en el mercado, las ofertas y demandas de salvación. Sin entrar en la complejidad y complicación del mundo de las religiones, bástenos señalar que estamos frente a un fenómeno que traspasa las iglesias y religiones a pesar de las diferentes identidades. En la década de los 60 y 70 ser carismático era distintivo de una determinada denominación, tal era el caso del fenómeno pentecostal, hoy ya no tiene un contenido específico, pues se ha convertido en una manera de ser en las distintas iglesias, esto no excluye a las llamadas comunidades carismáticas al interior del catolicismo. De igual modo sucede con el fundamentalismo, este no es sólo específico del Islam, existe un fundamentalismo católico y evangélico en perspectiva transversal.

El concepto religión se ha empezado a desligar de las religiones institucionalizadas, visibilizando la relación y correspondencia con la ciencia, la política, la música, el deporte, la economía y la sexualidad (ejemplo de esto es la canción popular que hizo famoso a Enrique Iglesia. “Una experiencia religiosa”). Esto se deja ver en elementos rituales que imitan gramática y comportamientos cultuales, títulos, publicidad y ornamentos en actos políticos, conciertos musicales y la afición deportiva. Por ejemplo, existen gigantes anuncios publicitarios de una compañía telefónica en las calles de Managua, con una muchacha que está de espaladas mirando al cielo con los brazos abiertos y una frase que dice “voz nos inspiras”. Esta imagen deja un mensaje subliminal que cruza lo secular con lo sagrado con una intención de marketing orientada al consumo. ¿Quién inspira?, ¿Dios?, ¿la muchacha? ¿O el producto que se ofrece? Otro ejemplo de religión secularizada son los grupos de oración y vigilia que hoy rodean las rotondas de Managua y que bajo la consigna: “el amor es más fuerte que el odio” (Frase de Juan Pablo II cuando hizo su peregrinaje por América Latina) revela que el factor religioso legitima el poder y apela e interpela la conciencia social frente a la violencia política. Este fenómeno religioso secularizado es un indicador que la modernidad estaría produciendo sus propias formas religiosas.

En el escenario nicaragüense evidentemente que el panorama religioso ya no es el mismo que hace treinta años. El mapa de lo sagrado y de lo religioso tiene una nueva configuración; las identidades religiosas se han mutado pareciendo hoy irrelevantes en cuanto fenómeno sociológico. Mientras por un lado las identidades religiosas carecen de líneas fronterizas, por otro lado la religión carece de espacio funcional en su contexto cultural. Por esta razón es que hoy se habla de des-institucionalización de los dogmas, de reacciones fundamentalistas, de difusos misticismos, de religiosidad secular. Estamos presenciando una especie de relineamiento de un paradigma institucional que deja libre los símbolos religiosos. Son nuevas formas de espiritualidad, menos ritualizadas y burocratizadas, donde predomina lo personal y comunitario

El fenómeno de los nuevos movimientos religiosos en la sociedad nicaragüense no deja de tener su importancia y relevancia porque nos indican que la presencia de diversos grupos o movimientos desprendidos de otras tradiciones religiosas, no eliminan la religión, sino que se mutan, transforman sus manifestaciones. Nicaragua no se escapa a estas manifestaciones, aún cuando subyace en su cultura una arraigada expresión de piedad popular de sello católico. El proceso de globalización ha permitido un fenómeno de transnacionalización de religiones e iglesias como a su vez de transversalidad religiosa: esto significa que la presencia de nuevos movimientos religiosos, nuevos templos, nuevas oferta, son parte del paisaje urbano y abundan en canales de televisión y estaciones de radio llegando hasta los lugares más apartados del mundo. La privatización de la religión ha llevado a líderes religiosos y a empresas misioneras a adquirir canales de televisión privados, emisoras de radio y prensa escrita para difundir sus mensajes. Este acceso a los medios masivos de comunicación ha hecho posible que muchos de estos nuevos movimientos religiosos se consoliden económicamente ejerciendo influencia política mediante el voto de su clientela religiosa. El creciente mercado religioso, se expresa y evidencia en la oferta y demanda de testimonios de milagros, sanaciones y riquezas, bajo una actitud e ideología conocida como “teología de la prosperidad”, la que tiene entre sus características principales el establecimiento de una relación causa-efecto entre la aceptación de una fe y el disfrute de la abundancia económica, acompañada de una pastoral gerencial. Lo religioso ha pasado a la esfera del mercado de masas y su lógica consumista. Esto no sólo se da en el ámbito de las iglesia de la teología de la prosperidad, sino de empresas privadas no institucionalmente religiosas con un mercado de lo místico-esotérico y en la que se promueve todo un conjunto de objetos y servicios como profecías, horóscopos e influencias astrales, extraterrestres, culturas antiguas, Nueva Era etc., son los nuevos materiales heteróclitos con los que se construyen nuevas respuestas religiosas alternativas a las creencias tradicionales de la población.


sábado, 6 de septiembre de 2008

Historia y Reconciliación



Por una cultura de la reconciliación


END - 19:28 - 01/09/2008


En memoria de Monseñor Romero, Monseñor Gerardi, Cardenal Miguel Obando y el Obispo Federico José Pagura, Ministros de la Reconciliación

En el marco del XV aniversario del Instituto Martín Luther King, de la Upoli, se ha publicado el libro Historia y Reconciliación; una obra que recoge 21 ensayos de destacados pensadores nicaragüenses y extranjeros del más alto nivel académico. Teólogos, filósofos, politólogos, sociólogos, historiadores, abogados y poetas de varias nacionalidades, se dan cita bajo el vértice de un tema común: “La Reconciliación”.

La obra fue coordinada por el sociólogo Denis Torres, Director del Instituto de Investigaciones y Acción Social MLK, quien junto a su equipo han venido trabajando sostenidamente, hace varios años, una agenda muy clara y concreta sobre el tema de Cultura de Paz en Nicaragua y otros países de la región centroamericana.

Es digno de destacar que este centro, con reconocido liderazgo en los estudios para la paz, ha hecho una contribución sustantiva al programa de reconciliación del Gobierno del Presidente Daniel Ortega, formulando y promoviendo todos los documentos fundamentales para la iniciativa a nivel de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. También ha sido el principal impulsor de la iniciativa para declarar a Centroamérica como zona de paz, cooperación y seguridad demográfica a través del Parlacén. Sólo dos lugares en el mundo se adjudican este privilegio: Atlántico Sur y el Océano Indico. Hay que sumar también, dentro de las iniciativas del Instituto, la propuesta al Consejo Mundial de Iglesias, con sede en Ginebra, para declarar el año 2009 como año de la Reconciliación.

Como un fruto de muchos años de experiencia sobre el tema de la paz y la no violencia en Nicaragua y Centroamérica, y siguiendo los principios e ideario del Rev. Martin Luther King, profeta, luchador y mártir de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, el Instituto de la Upoli, nos entrega como ofrenda y testimonio de unidad, verdad y reconciliación, un texto que reflexiona el tema de la paz, desde diversas visiones y enfoques de expertos, y que constituye un eje transversal de la malla curricular de la Upoli. El perfil profesional del egresado upoliano contempla una importante dosis de las ciencias humanistas y una visión cristiana del mundo; por ello la trascendencia de este material que publica en IMLK
En un contexto de despersonalización, de fragmentación, mercantilización y disolución de culturas y fronteras, el grito desesperado de reconciliación no es sólo un asunto vital para comprendernos humanos y hermanos, sino para recuperar también nuestro hábitat natural, su equilibrio, y trabajar por la restauración y protección del medio ambiente que gime su liberación, aprisionado por manos depredadoras que explotan los recursos naturales de forma despiadada y mercenaria.

Historia y Reconciliación, con sus cuatrocientas sesenta páginas, nos deleita con su riqueza de temas, tanto por su contenido como por su profundidad, pero sobre todo porque quienes dejan sus huellas en ellas son pensadores: unos, de vasta trayectoria académica; otros, de lucha inclaudicable por la paz y la reconciliación en momentos decisivos de nuestra historia nacional.

Todos representan con su vida y pensamiento signos del reino de Dios, en su compromiso político y social, y especialmente cuando se han puesto al lado de los más débiles, como lo hizo Jesús de Nazareth.

“La verdad más incómoda”, “La fiesta de la vida”, “La reconciliación que necesitamos”, “Psicología de la reconciliación”, “Imaginar al otro”,“Nicaragua, entre la fragmentación y la concertación”, etc., son una muestra de alguno de los títulos con que reflexionan la paz y la reconciliación autores de la talla y el talante de Samuel Kobia, Mayor Zaragoza, Emilio Castro, el Cardenal Miguel Obando, Galtung, Sergio Ramírez, Alejandro Serrano Caldera , Carlos Tunnerman, Aldo Díaz Lacayo, Mieke Vanderschaeghe, Orlando Núñez, Juan Bautista Arrien y muchos más.

El texto de Historia y Reconciliación se constituye ahora en una referencia de lectura obligada; sobre todo porque en sus páginas converge un tema común y su itinerario histórico, y a la vez se concertan las más diversas disciplinas del saber humano sobre un tema que cruza el tejido social y pesa en la conciencia moral de los pueblos.

Los odios sociales, el atropello flagrante a los Derechos Humanos, las dictaduras que han azotado nuestro continente, la invisibilización del “otro”; son signos de anti-vida, evidencias del desencuentro, de corazones cargados por el odio fratricida que abrió las venas de nuestros pueblos sin poder cicatrizarlas. La lectura del libro Historia y Reconciliación nos deja el enorme desafío de construir una sociedad más fraterna y solidaria, basada en la Verdad. Mientras no se imponga la verdad, no habrá justicia, y mientras no se imponga la justicia no habrá perdón; cuando se imponga el perdón habrá verdadera RECONCILIACIÓN.

Guillermo Gómez Santibáñez
cielac@upoli.edu.ni

LA RELIGION EN NICARAGUA





GLOBALIZACIÓN Y RELIGIOSIDAD EN NICARAGUA

Msc. Guillermo Gómez Santibáñez


1.- La aculturación religiosa

En la trayectoria de los procesos sociales, políticos y económicos de Nicaragua el factor religioso; como universo simbólico; ha jugado un papel histórico fundamental. Esto no ha sido una cuestión exclusiva de Nicaragua, sino un fenómeno de especificidad y rasgo continental, pues se hace presente a lo largo y ancho de la multietnicidad y pluriculturalidad de América Latina y el Caribe.

Para comprender el complejo y complicado mundo religioso, constitutivo de nuestro “modo de ser”(1) nicaragüense, debemos precisar que en nuestra experiencias religiosa convergen dos mundos culturales con sus respectivas variables; por un lado el cristiano occidental, que llegara con los españoles en el periodo de conquista y sometimiento de las civilizaciones originarias de Abya-Yala[2]y Tihuantinsuyu[3] en el siglo XVI y que impusiera un absolutismo que fundía la religión cristiana con las pautas de la civilización occidental en un todo indisoluble. El llamado “encuentro” de dos culturas; la hispánica y la indígena, estuvo sin duda marcado por un encuentro excepcionalmente asimétrico, donde el polo europeo protagónico va configurando un proceso con una nueva realidad social y cultural, relativamente homogénea y cohesionada, no por su capacidad de asimilación a las culturas indígenas, sino a partir de la nivelación de ellas. El proceso de gestación y constitución al mismo tiempo, creador de una nueva realidad socio-cultural (colonial y cristianización), caló huellas profundas entre la relación religión y cultura a lo largo de cinco siglos de presencia en nuestro continente. La invasión europea frente al mundo indígena, significó la eliminación de las formas de organización social, de sus costumbres y de sus libertades como la muerte de sus dioses. Frente a la implacable expansión de otro que se impone como el conquistador, el encomendero o el comerciante, el misionero es visto por el indígena como parte de este mundo invasor. El cristianismo que trajeron los españoles fue parte del poder del invasor que junto a la cruz puso la espada como figura militar y estatal. La Iglesias situada frente a una constelación histórica de la expansión europea no pudo desligarse del poder y luego del periodo de “tiempo fundante” en que se consolida la conquista europea, esta se ubicó inequívocamente en un lugar social y cultural bien preciso: el polo de los grupos de poder en la sociedad, y desde allí irradió su influencia a lo que no tenían poder; a los pobres y marginados. Con el advenimiento de la época republicana el proceso misionero no habría de cambiar en la formación religiosa y occidental de la clase dirigente criolla y sus rasgos más propios se mantendrían hasta el presente. La doctrina católica romana es el sello del proceso colonizador emprendido por España y Portugal, articulándose muy bien como llave de poder en manos de los conquistadores y administrada como mecanismo de dominación.

Dentro de este mismo empeño colonizador y civilizatorio interviene, hacia la segunda mitad del siglos XIX, otro fenómeno religioso, asociado a la colonización que Inglaterra realizara en los Estados Unidos con su doctrina puritana y formas incipientes del capitalismo y que de manera organizada y estratégica se lanzara posteriormente a ultramar en las misiones de fe, cuyo blanco era el continente Latinoamericano. El advenimiento de los protestantismos[4] bajo las iglesias de inmigración y de las iglesias misioneras de tradición cultual libres[5], esta últimas con la pretensión de disputarse el campo misionero hegemónico de la Iglesia Católica en América Latina, coincidirá y se identificará con el impacto e influencia del liberalismo imbuido de doctrinas iluministas y un pensamiento con rasgos laicista[6].

Por otro lado se haya presente en el imaginario religioso nicaragüense el mundo cultural autóctono, de tradición oral, con una riqueza espiritual enorme y ancestral, ligada a la naturaleza y temeroso de sus grandes y pequeñas deidades: Tamagastad y Cipaltomal, Ochomogo y Chicociagat, Quiatot, Mixto, Cacahuat, Ehecat y Misesboy; divinidades que en jerarquía se ubicaban bajo el Dios Supremo: Tomateot. La existencia de nuestra cultura autóctona, de arraigo mágico-religioso, fue marginada por la cultura dominante y muchas veces objeto de incomprensiones por la misma Iglesia durante el proceso colonizador.

Para Morandé (1999), nuestra identidad cultural latinoamericana en su formulación teórica más avanzada, se formó en el encuentro entre los valores culturales indígenas y la religión traída por los españoles. Este encuentro se da, no en el texto, sino en una experiencia fundante más vital; en la oralidad, como un ethos; es decir, como una experiencia común que brota del encuentro entre seres humanos, y que vive de su constante memoria. El sujeto de esta experiencia fundante fue el mestizo, una mezcla de español e indígena. Esto, que pudiera parecer una contradicción con lo anteriormente señalado, y que negaría la existencia de dominación del indígena, en el planteamiento de Morandé se intenta establecer que la dominación no es crucial para entender la identidad latinoamericana, sino que para comprender la síntesis cultural surgida de las dos culturas, occidental y autóctona es necesario privilegiar las relaciones de participación y pertenencia más que las relaciones de diferencia y oposición. La dialéctica del amo y del esclavo de Hegel sería inapropiada para interpretar la relación entre conquistador e indígena.

La asimilación de la fe cristiana por parte del indígena se debe a coincidencias y experiencias comunes con el énfasis católico en los ritos y la liturgia y la concepción cúltica y ritual de la vida en las culturas indígenas. La representación, la liturgia y el teatro sintetizaron el encuentro entre la cultura escrita española y la cultura oral indígena. Esto nos lleva a afirmar que el lugar del encuentro, la cuna de la cultura latinoamericana, es sacral, tiene un sustrato real católico, y se constituyó entre el siglo XVI y el XVII, por lo tanto el ethos cultural latinoamericano posee cuatro rasgos distintivos: 1.- Se constituye antes de la Ilustración y por lo tanto la razón instrumental, no forma parte de él. 2.- Tiene una estructura subyacente necesariamente católica. 3.- Privilegia al corazón y a su intuición, prefiriendo el conocimiento sapiencial antes que el conocimiento científico. 4.- Se expresa mejor en la religiosidad popular, Morandé (1999).

El estudio de Morandé arroja pistas respecto de la idea de traición de las elites latinoamericanas sobre su verdadera identidad, pues las clases dominantes y los intelectuales latinoamericanos negaron sus orígenes mestizos y asumieron el complejo de blancos, refugiándose en el modelo ilustrado europeo bajo el sistema educativo universitario. Esta actitud produjo una alienación de sus propias raíces y llevó al fracaso de proyectos económicos-sociales en América Latina. El hispanista Zea (1972) busca un centro conciliador que no caiga en los extremos opuestos, es decir, querer ser cien por ciento europeos, o por el contrario, negar toda influencia de la cultura europea. Este empeño de irse a los extremos nos lleva equivocadamente a sentirnos inferiores creyendo que nuestro modo de ser es causa del fracaso. Zea no pretende justificar el eurocentrismo, ni la modernidad ilustrada, sino que se plantea frente a las “condiciones de posibilidad” del cual habla Arriagada-Kehl, para acercar teoría y realidad creando un pensar consistente contextualizado en la tradición. Los pensadores hispanistas como Zea, entre otros, no pretenden soslayar o desatender la tradición europea, sino un quiebre, una ruptura hermenéutica de pensamiento y realidad, que haga posible la síntesis de las ideas del pensamiento de la tradición europea que nos preceden y la búsqueda y originalidad de un pensar consistente y propio de tradición Latinoamericana.

Por su parte Parker, sociólogo chileno y estudioso de los fenómenos religiosos nos expone su variante sobre la religión popular como núcleo del pathos cultural del pueblo latinoamericano en donde afirma que en América latina se encuentra una cultura popular de contenido religioso que constituiría una verdadera contracultura de la modernidad. Dado el carácter ambivalente de esta contracultura Parker llama hemiderna (hemi-moderna), por cuanto ella se presenta por un lado como antimoderna frente a la racionalidad instrumental de la modernidad, pero por otro lado, es también premoderna en cuanto que saca provecho de las bondades que la modernidad ofrece para satisfacer las necesidades auténticas del hombre. Parker (1993). En este análisis Parker visualiza que la actitud ambivalente de la contracultura frente a la modernidad representa otra manera de de sentir y de pensar con respecto a la racionalidad ilustrada. El lógos de nuestra cultura ancestral Latinoamericana es distinto del lógos occidental europeo y se presenta como “un nuevo paradigma emergente” “en las antípodas de las ciencias y de la filosofía accidental”. Desde el punto de vista de Parker esta estructura de pensamiento no es moderna, ni mítica, sino “sincrética”, esto quiere decir, que más allá de su concepción tradicional de sincretismo religioso, constituye una representación colectiva construida sobre la base residuos, deshechos y aportes novedosos hasta formar una nueva síntesis. Con esto, Parker quiere decir que la identidad latinoamericana parte del cristianismo, y que nuestra cultura popular tiene su núcleo significativo donde la fe cristiana juega un papel, no exclusivo, pero sí decisivo. Así, este modo Parker cuida no caer en el esencialismo de Morandé, cuya tesis sostiene que la base de la cultura latinoamericana estaría en un sustrato católico. El cristianismo popular sería entonces una antropología vitalista alternativa, opuesta a la cosmovisión categorial de la ilustración europea, cuyo proyecto es el hombre integral basado en la praxis de la solidaridad. El dinamismo de fe cristiana presente en la cultura popular, sería la base para una civilización amerindia emergente.

La religión, inserta en la cultura de un pueblo, forma parte de su identidad cultural. La religión es inherente al ser humano y una producción social, colectiva; es también una forma de conocimiento. Conocer es más bien un acto de crear, de construir el mundo, no de representarlo o reproducirlo y esto tanto en lo mítico como en lo científico. La realidad se construye y crea conocimiento y en tanto la religión es mediación, es ella misma cultura, construcción, por lo tanto constituye una forma de conocimiento. Mientras la ciencia construye conocimiento en el concepto y el signo, la religión lo hace en el símbolo y la imagen. Melich (1996), el sustrato religioso de nuestra identidad cultural latinoamericana; no disuelto por la modernidad y su razón instrumental, hacen posible que nuestra cultura se exprese en su religiosidad popular como un espacio de resistencia y memoria y de irrupción de los sagrado en el mundo.

2.- Geografía de lo sagrado y mutación religiosa

Nicaragua, aún con una Constitución política que declara la separación entre Iglesia y Estado se considera católica, esto no es ni un problema jurídico, ni estadístico. Somos parte de un continente considerado una región eminentemente católica y donde según los cálculos estimativos para el siglo XXI, en América Latina y el Caribe residirá la mayor población católica del mundo. Esto tiene su base en un hecho histórico y sociológico, la Iglesia Católica, una institución eclesial hegemónica y de larga data en el ámbito religioso, se impuso como religión oficial, primero en la conquista y luego en la colonia interviniendo en el proceso civilizatorio y vinculándose estrechamente con los sistemas sociopolíticos e ideológicos en la mayoría de los países. El advenimiento de la modernidad, con su racionalidad instrumental y los procesos secularizadores en nuestra sociedad, han traído una sensación de desacralización de la vida, no han extinguido la fe religiosa, más bien se constata una re-vinculación religiosa y el surgimiento de nuevas formas y contenidos religiosos, marcando un nuevo trazado a partir de la flexibilización y disolución de fronteras confesionales, modificando de este modo el mapa religioso en nuestro continente.

Los estudios en el campo de la sociología religiosa, teología de las religiones y la fenomenología de la religión nos arrojan nuevos datos sobre los fenómenos religiosos de nuestros países, constatando así que se da una nueva configuración, una nueva geografía de lo sagrado. En esta nueva configuración, los viejos reductos religiosos tradicionales no se escapan ni son inmunes a los invasores de antiguas idas y creencias, que presentan sus credenciales como nuevos movimientos religiosos, por el hecho de haber sido arrancados del lugar donde nacieron y se desarrollaron. Distantes de su cuna de origen las nuevas ideas religiosas y creencias se caracterizan por una gran movilidad y desplazamiento, tal es así que hoy un nicaragüense podría convertirse al Islam o al Budismo vía Internet.

Esta migración de ideas y creencias, alejadas de su contexto sociocultural para interactuar con religiones tradicionales e institucionalizadas, posibilitan la mutación religiosa profundizando de este modo cambios y creando una especie de corredor religioso de transversalidad[7], esto significa según Bobsin (2000) que una idea religiosa puede hacerse presente en varias iglesias, atravesándolas, lo que implica que estamos frente a un fenómeno que busca ideas en otras fuentes para hacerlas propia, al margen de las diferencias dogmáticas, este fenómeno es muy característico de la pos-modernidad.

El aspecto fragmentario y disolvente de la pos-modernidad, no sólo afecta la cultura, la economía y la política en la sociedad, sino también el componente religioso. Los conceptos de transconfesionalidad, ecumenismo o diálogo interreligioso no sirven como sinónimo para explicar los efectos mutativos de la religión en la sociedad globalizada. Sin pretensión de crear un neologismo para describir el fenómeno del cambio religioso que se visualiza en nuestros tiempos, la noción de transversalidad nos puede servir provisoriamente para poder captar la fragilidad creciente de las fronteras religiosas donde circulan libremente, como en el mercado, las ofertas y demandas de salvación. Sin entrar en la complejidad y complicación del mundo de las religiones, bástenos señalar que estamos frente a un fenómeno que traspasa las iglesias y religiones a pesar de las diferentes identidades. En la década de los 60 y 70, ser carismático era distintivo de una determinada denominación, en este caso, del fenómeno pentecostal, hoy ya no tiene un contenido específico, pues se ha convertido en una manera de ser en las distintas iglesias. De igual modo sucede con el fundamentalismo, este no es sólo específico del Islam, existe un fundamentalismo católico y protestante en perspectiva transversal, Kepel (1999).

Resta señalar que se ha empezado a desligar el concepto religión de las religiones institucionalizadas, visibilizando la relación y correspondencia con la ciencia, la política, la música, el deporte, la economía y la sexualidad. Esto se deja ver en elementos rituales que imitan gramática y comportamientos cultuales, títulos y ornamentos en actos políticos, conciertos musicales y la afición deportiva. Este fenómeno religioso secularizado es un indicador que la modernidad estaría produciendo sus propias formas religiosas, Mardones (1966).

3.- Globalización y Religión en el escenario nicaragüense

Evidentemente que el panorama religioso en América Latina ya no es el mismo que hace cuarenta años. El mapa de lo sagrado y de lo religioso tiene una nueva configuración; las identidades religiosas se han mutado pareciendo hoy irrelevantes en cuanto fenómeno sociológico. Mientras por un lado las identidades religiosas carecen de líneas fronterizas, por otro lado la religión carece de espacio funcional en su contexto cultural. Por esta razón es que hoy se habla de des-institucionalización de los dogmas, de reacciones fundamentalistas, de difusos misticismos, de religiosidad secular. Estamos presenciando una especie de reblandamiento institucional que deja libres los símbolos religiosos, son nuevas formas de espiritualidad, menos ritualizadas y burocratizadas, donde predomina lo personal y comunitario, Mardones (1992)

El fenómeno de los nuevos movimientos religiosos en la sociedad nicaragüense no deja de tener su importancia y relevancia porque nos indican que la presencia de diversos grupos o movimientos desprendidos de otras tradiciones religiosas, no eliminan la religión, sino que se mutan, transforman sus manifestaciones. Nicaragua no se escapa a estas manifestaciones, aún cuando subyace en su cultura una arraigada expresión de piedad popular de sello católico.

¿Por qué esta mutación, que ha hecho que el mapa religioso de América Latina haya sufrido un proceso de transformación con su inevitable repercusión en Nicaragua? La modernidad y su impacto en Latinoamérica tienen características particulares que provienen de su proceso histórico y cultural que la hacen diferente de la modernidad europea cuyo centro se enfoca en la secularización que ha predominado en el viejo mundo.

Mientras en Europa el proceso de secularización comenzó aceleradamente en el siglo XIX, en América Latina, desde la conquista ibérica hasta la década de 1950 la hegemonía católica logró resistir los embates de los ilustrados, los liberales radicales, los protestantes, los comunistas, bajo una férrea mentalidad de cristiandad o unanimidad cristiana, donde lo religioso y lo político son inseparables y la disidencia era vista como una herejía, o disidencia social. Esta hegemonía apoyada por las élites criollas habría encontrado en la Iglesia Católica y su doctrina, una forma de mantener la identidad nacional frente a la fragmentación regional y política. Sin embargo, este proceso de secularización, en los países de América Latina, no habría sido generalizado ni profundizado sino hasta la segunda mitad del siglo XX.

El fenómeno de cristiandad bajo la ideología de la unanimidad católica parecía dominar las esferas públicas y privadas, a pesar de una cierta autonomía de las prácticas religiosas populares que mixturaban y recreaban elementos ancestrales indígenas y africanos: “Este catolicismo polimorfo cubría la inmensa mayoría de las manifestaciones religiosas Latinoamericanas en lo que podía parecer una cultura católica integrada. Bastian (1997).

El surgimiento y consolidación de nuevos movimientos religiosos en ruptura con la Iglesia católica corresponden a una actitud diferente, más receptiva y autónoma de los pobladores latinoamericanos, afectados por factores endógenos (económicos políticos y religiosos) y por factores exógenos (globalización). Sobre este último factor, especialmente quiero hacer unos señalamientos. La hegemonía de un modelo capitalista de libre mercado que rompe fronteras nacionales y la ingerencia total de los medios masivos optimizados por los avances tecnológicos, ha generado un fenómeno cultural conocido como “globalización”, cuyas características son:

a) homogeneización de referentes y mecanismos dirigidos al consumo

b) Inmediatez y ampliación de información desde todos los ángulos del mundo

Las facilidades de movilización internacional de personal, materiales y dineros, lo mismo que de emisión y recepción de mensajes, ha permitido la libre circulación de ideas y estructuras religiosas que han multiplicado el abanico de opciones y modelos, socavando el monopolio de una sola Iglesia.

El proceso de globalización ha permitido un fenómeno de transnacionalización de religiones e iglesias como a su vez de transversalidad religiosa: esto significa que la presencia de nuevos movimientos religiosos, nuevos templos, nuevas oferta, son parte del paisaje urbano y abundan en canales de televisión y estaciones de radio llegando hasta los lugares más apartados del mundo. La privatización de la religión ha llevado a líderes religiosos y a empresas misioneras a adquirir canales de televisión privados, emisoras de radio y prensa escrita para difundir sus mensajes. Este acceso a los medios masivos de comunicación ha hecho posible que muchos de estos nuevos movimientos religiosos se consoliden económicamente ejerciendo influencia política mediante el voto de su clientela religiosa.

El creciente mercado religioso, se expresa y evidencia en la oferta y demanda de testimonios de milagros, sanaciones y riquezas, bajo una actitud e ideología conocida como “teología de la prosperidad”, la que tiene entre sus características principales el establecimiento de una relación causa-efecto entre la aceptación de una fe y el disfrute de la abundancia económica, acompañada de una pastoral gerencial. Lo religioso ha pasado a la esfera del mercado de masas y su lógica consumista. Esto no sólo se da en el ámbito de las iglesia de la teología de la prosperidad, sino de empresas privadas no institucionalmente religiosas con un mercado de lo místico-esotérico y en la que se promueve todo un conjunto de objetos y servicios como profecías, horóscopos e influencias astrales, extraterrestres, culturas antiguas, Nueva Era etc., son los nuevos materiales heteróclitos con los que se construyen nuevas respuestas religiosas alternativas a las creencias tradicionales de la población.

En medio de este complejo, fragmentado y difuso paisaje religioso, se puede sospechar que hoy se solicita a la religión que colme el vacío dejado por el fracaso de las utopías más importantes y englobantes de la última modernidad; tales como la utopía del bienestar social, experimentado por el hombre como consecuencia del progreso indefinido y que descansa en la ciencia y la técnica y alimentada por el infraestructura económica de tipo capitalista. La utopía del destino nacional lograda por una especie de inmortalidad colectiva y cuyo destino de grandeza inmortal cubrirá de gloria a sus ciudadanos o a la raza que se identifica con ella. Esto da legitimación y sustento a los valores militares de defensa y seguridad nacional. Y en tercer lugar la utopía socialista que proyecta hacia el futuro la solución de los problemas sociales anticipando dialécticamente la superación de la lucha de clases. La dimensión autónoma moderna de esta tres utopías se contraponen a la religión pues esta vendría a ser considerada como categoría premoderna (mítica) de felicidad celestial (Paraíso) y por tanto uno de los lugares donde se resiste el proyecto de la modernidad. La crítica posmoderna encontraría, de hecho, en la religión uno de los vectores institucionales donde cristaliza y se expresa para amplias mayorías no intelectuales el malestar de la modernidad. Se cuestionan no sólo los valores de la modernidad, sino el estilo de vida, los imperativos éticos e intelectuales que están en el desarrollo moderno occidental: el progreso científico, el desarrollo tecnológico y la expansión del consumo.

La globalización como un fenómeno orientado desde los centros de poder ha tenido una enorme incidencia en los aspectos económicos y políticos, no así en la dimensión cultural y el campo religioso, sin embargo, la religión y sus formas concretas de manifestación no escapan a los procesos globalizadores cuando en circunstancias socialmente críticas la religión tiende a incrementarse y a incrementar su significación social. Como consecuencia las diferentes formas religiosas igualmente se modifican y las organizaciones que las sustentan, eclesiales o no, reacomodan tanto sus concepciones sobre la sociedad como su modo de accionar en ella.

La presencia de la religión en Nicaragua, ya sea en su forma tradicional o no, está arraigada en la conciencia como un fenómeno social, con una enorme capacidad de intervenir en los diversos campos de la vida personal y social y con disponibilidad de regulación de conductas de grupos y sujetos creyentes y una alta incidencia en procesos emocionales. Desde esta perspectiva y ámbito de poder subjetivo, la pobreza en Nicaragua es un tema privilegiado y se promueve como ideal de vida en oposición a la riqueza. Los textos bíblicos, como los relatos mitológicos y leyendas aborígenes enseñan modelos de vida que orientan hacia la humildad y la oposición a la depredación de los recursos naturales. Las instituciones religiosas tienen su propia visión respecto a los problemas sociales y en su posición y doctrina no se puede negar su ideologización, tal es el caso por ejemplo de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, donde se legitima o niega diferentes orientaciones. Legitima el sistema capitalista, denuncia el neoliberalismo como capitalismo salvaje, pero no busca la desaparición de las relaciones capitalistas, sino la superación de un modo de establecerlas, esto, en el supuesto de que exista un modelo de capitalismo humanista. En una lectura crítica el documento eclesial no ataca el problema por sus causas, que genera pobreza y miseria eterna, sino se tiende a su atenuación.

La Teología de la Liberación se identificó plenamente con una corriente profética de denuncia del pecado social como un problema estructural, sistémico de la sociedad, haciendo énfasis en que la situación del continente latinoamericano, como lugar en donde se dan grandes acumulaciones de riqueza en pocas manos, contrasta con la llamada del evangelio a la pobreza, como punto de partida en la proclamación del Reino de Dios del Evangelio de Mateo. Esta proclamación está dirigida a los ricos, en la medida en que es una llamada a la conversión a la pobreza y una denuncia de la “idolatría” o engaño propio de la posesión de riqueza. Sobre este punto, Bentué (1994), un teólogo chileno, señala: “El rico cristiano puede intentar justificar su riqueza, a pesar de su cristianismo o incluso en nombre de su cristianismo, por recurso a una supuesta posible “pobreza de espíritu” (Mt. 5,3) sin referencia a la pobreza material. Ahora bien, la pobreza espiritual de que habla Mateo supone la independencia real de mi espíritu con respecto a los poderes de este mundo (placer, poder y riqueza). El “test” de la pobreza de espíritu está constituido por la disponibilidad real a la renuncia a los beneficios del poder económico. No puede hablarse, sin hipocresía, de “pobreza de espíritu” donde hay acumulación de riqueza al margen y prescindiendo de la miseria de la mayoría”.

Mientras la situación de América Latina y especialmente de Nicaragua no cambie en términos de justicia social la teología de la liberación se mantendrá. En la vida social práctica la representación religiosa es vinculante a sus propias condiciones sociales y económicas, a sus esperanzas y celebraciones, ejemplo de ello son las fiestas patronales que tiene un gran fervor religioso en los departamentos del país, sobresaliendo por su carácter la fiesta de la “gritería” y la fiesta de Santo Domingo. Las devociones del pueblo y sus íconos sagrados, con oídos para los pobres y marginados social y económicamente, permiten afirmar que la popularización de la religión radica en que el sufrimiento y el martirio es reflejo del problema de los humildes y a la vez esperanza. Las narraciones populares tienen un sentido optimista y las figuras sagradas son ejemplos y esperanza de victoria frente a la adversidad.

Bibliografía:

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  • Ibáñez Jorge Larraín, Modernidad: razón e identidad en América Latina. Editorial Andrés Bellos. Santiago de Chile 1996.
  • Mardones, J.M. ¿Adónde va la religión? Cristianismo y religiosidad en nuestro tiempo (Madrid 1966)
  • Revista Teología y Vida, Vol. XXXV (1994) pp.171-184. Facultad de Teología, Pontificia Universidad católica de Chile.
  • Bastian, Jean-Pierre. La mutación religiosa en América Latina. Fondo de Cultura Económica. México, 1997



[1] He preferido usar el término “modo de ser” ante que el de identidad, debido a que el primero nos resulta más familiar, no así el segundo que tiene múltiples aproximaciones y provoca bastante discusión entre algunos teóricos. De todas maneras el término habla de los modos de ser, pensar y actuar colectivamente que habitan nuestra América como algo propio.

[2]Abya –Yala; "tierra viva", "tierra madura", o "tierra en florecimiento" es el nombre dado al continente americano por las etnias kuna de Panamá y Colombia antes de la llegada de Cristóbal Colón y la invasión europea. Aparentemente, el nombre también fue adoptado por otras etnias americanas, como los antiguos mayas. Existen actualmente diferentes representantes de etnias indígenas que insisten en su uso para referirse al continente

[3] Los incas llamaban a su imperio Tihuantinsuyu, que significa "las cuatro partes del mundo" y que abarcaba los Andes, un territorio que incluía lo que hoy son Perú, Bolivia, Ecuador, el sur de Colombia y el norte de Chile y de Argentina. Su centro era Cuzco.

[4] Término empleado por el teólogo e historiador suizo Jean-Pierre Bastian para señalar que en América Latina no existe un solo protestantismo homogéneo, sino una diversidad de tradiciones religiosas evangélicas y que constituyen un conjunto de protestantismo sectarios aculturados a las prácticas y valores de la religión y la cultura popular.

[5] El Protestantantismo en A.L se enmarca dentro de las siete tradiciones diferentes que se han desarrollado y que refleja la existencia de diversas tendencias de la Reforma en el desarrollo de cinco siglos. Dentro de estas categorías se contempla a las iglesias de confesión anglicana, reformadas y luteranas que llegaron con los inmigrantes ingleses y alemanes al continente. Estas representan la expresión más directa de la Reforma protestante del siglo XVI. Por otro lado se hacen presentes las denominaciones que provienen de las misiones norteamericana tales como Metodistas, Presbiterianos, Bautistas y Discípulos de Cristo, que se repartieron el terreno en misión de forma coordinada.

6] Para el teólogo José Miguez Bonino el maridaje entre el protestantismo y el liberalismo apelaba a los intereses económicos de la joven élite latinoamericana dentro de un proceso que abre una nueva etapa, iniciada por la emancipación nacional hacia la moderna pasión por la libertad; libre comercio, libertad individual, libertad de pensamiento, libertad religiosa y emancipación política de América Latina (La fe en busca de eficacia, Ed. Sígueme, Salamanca 1977, pp30-31)

[7] Este es sólo una noción, no un concepto elaborado, y que en su carácter provisional puede ser útil para el análisis del fenómeno y a la vez permita captar la fragilidad creciente de las fronteras religiosas